domingo, 5 de julio de 2009

Hoy recordé a Z

Pensaba en escribir algo que me haya estado pasando últimamente, sobre alguna discusión, algún personaje interesante o una historia inventada, lejana de aquel estado deprimente que me absorvió en las semanas pasadas y que no comprometiera demasiado ese pseudo-anonimato que dan las palabras sueltas en un enjambre de blogs, en un universo de emociones sin rostro.

Lo que haré a continuación es contar una historia de alguien que ya no está, los acontecimientos son reales, aunque el protagonista está ahora en una nebulosa de fantasía.

Z me conoció hace 8 años, digo que me conoció, porque a mi me costó más tiempo hacer lo mismo con él. Por aquel tiempo vivía la crudeza de los juicios después de la separación de sus padres. Del lado de su madre, soportaba las afrentas de la familia que lo acogió en las épocas de abundancia. En el fondo nunca dejó de ser un niño consentido y ajeno a las necesidades.

Ahora lo había perdido todo y dormía con temor en ese departamento del que lo despojarían en breve... ahí lo escuchaba, con la voz temblorosa, mitad angustia y mitad soledad. No escuchaba quejas, sólo hechos que me llenaban de terror y me causaban admiración (más lo primero que lo segundo).

Sentado en un sillón miraba el vacío. No había comido en todo el día, pero era bastante orgulloso como para no expresarlo. No hacía más que cubrir su rostro de sombras, tomar un lapicero y hacer unos dibujos en una servilleta. Escribía sus pensamientos, que lejos de ser autodestructivos, eran palabras de aliento para el universo entero, pero no para si mismo.

A veces lo veía desde mi ventana al teléfono, agazapado en una cabina pública. me decía buenas noches, colgaba y caminaba inalterable por la acera y tomaba el largo camino a casa. Me hacía odiar que mi cariño fuera tan pequeño y eso no cambió, hasta que bajé un día en pijama, mi cabello en una trenza larga y las manos en los bolsillos, entumecidas por el frío. En un pasadizo oculto, vi la sorpresa en su rostro, vi la nube de nuestros alientos y su rostro pálido y sonriente. Nos abrazamos como dos niños, nos besamos como amantes. Volví por donde vine de puntillas y me volví sólo para verlo alejarse, con pasos breves, como esperando el abrazo por la espalda que sale en las películas acompañados por la Nocturne Op.9 No.2 de Chopin.

Llegó congelado y tomó el autobus, sonreía cuando recibió el boleto, cuando sintió el destartalado vehículo avanzar. Pensaba en mi rostro ruborizado y mi nariz fría en su cuello. Yo hacía lo propio cuando subí agitada a mi habitación y ponía las manos en mi pecho, como queriendo mantener mi corazón adentro y retener por un momento más ese apasionamiento que se despertaba, como una flor en la primavera.

Todo se vuelve confuso después, mitad drama y mitad olvido. Porque de eso se tratan todas estas historias, aquellas que no terminan en un felices para siempre, aquellas que te forman corazas gruesas para no sentir más golpes. Entonces te paras de pie en el vacío y corren lágrimas gruesas que bañan la promesa de no volver a enamorarse... eso si es locura.

De Z no sé más que ustedes ahora, y tal vez por madurez o por conveniencia, recuerdo sólo hasta que se me borra la sonrisa de los labios... eso es ahora.


1 comentario:

Christopher dijo...

... es una historia tierna y por eso mismo tristísima. Pero ausente y etérea. Como la perdida de algo muy querido, el primer diente, el primer amor, el primer llanto ...

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