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viernes, 2 de abril de 2010

Defeitos perfeitos

amo menos o seu charme
do que seus defeitos
e tudo que nunca foi dito
tem um som mais que perfeito
afinal
o impreciso é tão mais sedutor
um sinal perdido
um fragmento que faltou

por isso não sonhe tão alto, baby
nem vá planejar demais
deixe o destino em paz
que o mundo é de nós dois.

domingo, 21 de marzo de 2010

Hangman

A death erection, angel lust, or terminal erection is a post-mortem erection, technically a priapism, observed in the corpses of human males who have been executed, particularly by hanging.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Vida é sono

chegará o dia em que as torres coroadas de nuvens, os palácios resplandecentes e mesmo o globo imenso e tudo quanto lhe pertence vão desaparecer sem deixar rastro. somos dessa matéria de que os sonhos são feitos, e a nossa vida breve é circundada pelo sono.

trecho da peça a tempestade, william shakespeare.
ví@ pafurada

jueves, 30 de julio de 2009

Poema en tu cuerpo

¿Por qué no soy yo tu cuerpo
sobre mi cuerpo desnudo
para abrazarme a mi tronco
y sentir que soy yo mismo
ascendiendo por mis muslos?

¿Por qué no soy yo tus ojos
para mirarme los míos
y decirme con miradas
lo que al mirarte te digo?

¿Por qué no soy yo tu boca
para besarme en el fuego
que se despierta en mis labios,
y al besarme desde ti
sentir la verdad del beso?

¿Por qué no soy yo tus manos
para jugar con las mías
haciendo idilio de tactos
y sentir que me acaricio
con tus yemas encendidas?

¿Por qué no soy yo tu vida
para sentir lo que siento
desde tu propia existencia
y sufrir en tu cerebro
el dolor del pensamiento?

Quisiera ser vaso y vino,
las raíces y las ramas,
la ribera y la corriente,
la campana y el sonido,
el combustible y la llama.

Sigue durmiendo sin verme
que yo, despierto, a tu lado,
vuelo al vuelo de tu sueño,
y estoy tan cerca de ti
que respiro por tu cuerpo.



PS: La última estrofa... priceless.

viernes, 19 de junio de 2009

XXIII

Te amo porque no te pareces a nadie. Porque eres orgulloso como yo. Y porque antes de amarme me ofendiste.

Alfonsina Storni



Ah Alfonsina, temo terminar bajo el mar como vos, sin acallar la tristeza... y renunciar a todo antes que a...


XXXII

Oye: yo era como un mar dormido. Me despertaste y la tempestad ha estallado. Sacudo mis olas, hundo mis buques, subo al cielo y castigo estrellas, me avergüenzo y me escondo entre mis pliegues, enloquezco y mato mis peces. No me mires con miedo. Tú lo has querido.

Alfonsina Storni

viernes, 22 de mayo de 2009

10 cosas inútiles que pueden ser útiles

Sin orden en particular... y con mis notas sobre su posible uso:

1. Las mujeres con mentón prominente son más propensas a ser infieles. Sirve para mantener al novio a buen recaudo...

2. Las abejas saben contar hasta cuatro. Si una abeja te persigue, entra a la puerta 5.

3. La gente que trabaja en IT son los profesionales más considerados con sus parejas. Esto es para no prejuzgar a los amantes geeks.

4. La evolución del cerebro creará dos especies humanas distintas... además la inteligencia se desarrolló para manipular mejor a los demás. Ahorrar con anticipación para comprar gadgets para su cerebro y no queden relegados en el futuro.

5. El día del orgullo friki es el 25 de mayo, el día mundial del pingüino fue el 25 de abril. Para comprar los regalos con tiempo.

6. Las mujeres más inteligentes disfrutan más el sexo. YES! I knew it! (nada más sirve para eso)

7. La fómula secreta de la coca cola es:
• Concentrado de azúcar quemada –caramelo– para dar color oscuro y gusto.
• Ácido fosfórico (sabor ácido)
• Azúcar (HFCS-jarabe de maíz de alta fructosa)
• Extracto de hojas de la planta de Coca (África e India) y otros pocos aromatizantes naturales de otras plantas.
• Cafeína.
• Conservante que puede ser Benzoato de Sodio o Benzoato de Potasio
• Dióxido de Carbono en cantidad para freír la lengua cuando se bebe.
• Sal para dar la sensación de refrigeración. Por si quieren empezar un negocio.

8. Hay una biblioteca digital con fotos del mundo aquí para alegrarse el día :)

9. Los elefantes rechazan hablar con los desconocidos. Para no sentirse mal si uno no te responde.

10. Los pollos no sólo reconocen la belleza, sino que de hecho tienen preferencia por las personas bonitas. Para que no relacionarse con esos superficiales de m*

Fin... comentarios??

jueves, 19 de marzo de 2009

El Castillo de irás y no volverás

Érase que se era un pobrecito pescador que vivía en una choza miserable acompañado de su mujer y tres hijos, y sin más bienes de fortuna que una red remendada por cien sitios, una caña larga, su aparejo y su anzuelo.

Una mañana, muy temprano, salió el pescador camino de la playa con el estómago vacío, la cabeza baja, descorazonado, y cargado con los trebejos de pescar.

A medida que andaba, el cielo se iba ennegreciendo y cuando llegó al lugar donde acostumbraba a pescar observó que se había desencadenado una horrorosa tempestad.
Pero el infeliz pescador no pensaba más que en sus hijos y en su esposa, que ya hacía dos días que no probaban bocado, por lo que, sin hacer caso de la lluvia que le empapaba, ni del viento que le azotaba, ni de los relámpagos que le cegaban, armó la red y la echó al mar.

Y cuando fue a sacarla, la red pesaba como si estuviese cargada de plomo; por lo que el pescador tiró de ella con todas sus fuerzas, sudando a pesar del viento y de la lluvia, latiéndole el corazón de alegría al pensar que aquel día su familia no se acostaría sin cenar, como en tantas otras ocasiones.

Finalmente, con la ayuda de Dios y de la Virgen del Carmen, a la que imploró, viendo que le faltaban las fuerzas, el pescador consiguió aupar la red, viendo que en su interior no había más que un pez muy chiquito pero gordito, cuyas escamas eran de oro y plata.

Asombrado al ver que le había costado tanto trabajo pescar aquel único pez, el pobre pescador se lo quedó mirando con la boca abierta.

De repente el extraño pececillo rompió a hablar y dijo con voz dulcísima, extraordinariamente armoniosa y musical:

- ¡Échame otra vez al agua, oh pescador, que otro día estaré más gordo!

- ¿Qué dices, desventurado? - preguntó el interpelado, que apenas podía creer lo que oía.

- ¡Que me eches otra vez al agua, que otro día estaré más gordo!

- ¡Estás fresco! Llevan mis hijos y mi mujer dos días sin comer; estoy yo dos horas tirando de la red, aguantando el viento y la lluvia, ¿ y quieres que te tire al agua?

- Pues si no me sueltas, oh pescador, no me comas. Te lo ruego...

- ¡También está bueno eso! ¿De qué me habría servido cogerte, si no te echara en la sartén?

- Pues si me comes - prosiguió diciendo el pececillo -, te suplico que guardes mis espinas y las entierres en la puerta de tu casa.

- Menos mal que me pides algo que puedo hacer... Te prometo cumplir fielmente tu solicitud.

Y marchóse, contento de su suerte, camino del hogar.

A pesar de ser tan chiquito el pececillo, todos comieron de él y quedaron saciados. Luego, el pescador enterró, como prometiera, las espinas en la puerta de su choza.

Por la mañana, cuando Miguelín, el hijo mayor del pescador, se levantó y salió al aire libre, encontró, en el lugar donde habían sido enterradas las espinas, un magnífico caballo alazán; encima del caballo había un perro; encima del perro un soberbio traje de terciopelo y sobre éste una bolsa llena de monedas de oro.

El muchacho, que anhelaba correr el mundo, pero que estaba dotado de excelente corazón, dejó la bolsa a sus padres, sin tocar un céntimo, y, seguido del can, emprendió la marcha sin rumbo fijo.

Galopó durante tres días y tres noches, recorriendo la selva de los árboles parlantes y el bosque de las campanillas áureas y argentinas, que sonaban al ser acariciadas por el viento, formando un seráfico concierto, llegando finalmente a una encrucijada donde vio un león, una paloma y una pulga disputándose agriamente una liebre muerta.

- Párate o eres hombre muerto, - rugió el león. - Y si eres, como dicen, el rey de la creación, sírvenos de juez en este litigio. La paloma y la pulga estaban disputándose la liebre... ¿Para qué quieren ellas un trozo de carne tan grande...? Yo, confieso que he llegado el último, pero para algo soy el rey de la selva... La liebre me corresponde por derecho propio... ¿No lo crees así?

La paloma habló entonces y dijo, arrullando:

- Ya habías pasado de largo, cuando yo descubrí desde lo alto a la liebre, que estaba mortalmente herida... Me corresponde a mí, por haberla visto morir.

La pulga, a su vez, exclamó:

- ¡Ninguno de vosotros tiene derecho a la liebre!. No la habrían herido, si no le hubiese dado yo un picotazo debajo de la cola cuando iba corriendo, con lo que le obligué a detenerse y entonces, un cazador le metió una bala en las costillas... ¡La liebre es mía!

Y ya estaba la disputa a punto de degenerar en tragedia si Miguelín no hubiese mediado como amigable componedor.

- Amiga pulga - dijo - ¿Qué harías tú con un trozo de carne como ese, que asemeja una montaña a tu lado?

Y sacó el cuchillo de monte, cortó a la liebre muerta la puntita del rabo y lo entregó a la pulga, que quedó complacidísima.

Del mismo modo, cortó las orejas y el resto del rabo, que ofreció a la paloma, la cual confesó que tenía bastante con aquellos despojos.

Lo que quedaba, o sea, la liebre entera, se la cedió al león, que quedó encantado de juez tan justiciero.

- Veo que eres realmente el rey de la creación - exclamó, con su más dulce rugido - pero yo, el rey de los animales, quiero recompensarte como mereces, como corresponde a mi indiscutible majestad.

Y arrancándose un pelo del rabo lo entregó a Miguelín, diciéndole:

- Aquí tienes mi regalo; cuando digas: «¡Dios me valga, león!», te convertirás en león, siempre que no pierdas este pelo. Para recobrar tu forma natural, no tendrás más que decir: «¡Dios me valga, hombre!»

Marchóse el león, alta la frente, orgullosa la mirada, pero sin olvidar llevarse la liebre, y se internó en la selva.

La paloma, para no ser menos, se arrancó' una pluma y dijo:

- Cuando quieras ser paloma y volar, no tienes más que decir: «¡Dios me valga, paloma!»

Y agitando las alas, se remontó por el aire.

- Yo no tengo plumas ni pelos - dijo la pulga - pero puedo oírte dondequiera que digas: «¡Dios me valga, pulga!» y convertirte en un ente tan poco envidiable y molesto como yo.

Miguelín volvió a montar a caballo y prosiguió su camino sin descansar, hasta que, al cabo de tres días y tres noches, vio brillar una lucecita a lo lejos.

Preguntó a un pastor que encontró:

- ¿De dónde procede esa luz?

El pastor respondió:

- Ese es el «Castillo de Irás y No Volverás».

Miguelín se dijo:

- Iré al «Castillo de Irás y No Volverás».

Al cabo de tres días y tres noches, se encontró con otro pastor.

- ¿Podrías decirme, amigo, si está muy lejos de aquí el «Castillo de Irás y No Volverás»?

- Libre es el señor caballero de llegar a él - repuso el pastor, echando a correr como alma que lleva el diablo.

Pero el hijo del pescador era firme de voluntad y duro de mollera y se había propuesto ir al castillo, aunque fuese preciso dejar la piel en el camino; así es que, sin pizca de temor, siguió cabalgando tres días con tres noches, al cabo de los cuales la lucecita parecía acercarse, ¡por fin!, ante sus ojos.

Y he aquí que, después de muchas, muchísimas fatigas, llegó ante el suspirado «Castillo de Irás y No Volverás».

De oro macizo eran sus muros y de plata las rejas de sus ventanas y las cadenas de sus puertas; en lo alto de sus almenas, deslumbraban, al ser heridas por el sol, las incrustaciones de jaspe y lapislázuli, el ónix, el marfil, el ágata e infinidad de piedras preciosas.

Rodeaba al edificio un bosquecillo donde, posados en las ramas de sus árboles, cuyas hojas eran de oro o plata, según se reflejara en ellas, el sol o la luna, innumerables pajarillos de colores maravillosos saludaban al recién llegado; unos con burlonas carcajadas, otros con sus trinos más inspirados, otros con palabras de ánimo o de desesperanza.

- ¡Adelante el mancebo! ¡Adelante nuestro salvador! - decían unas voces.

- ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Irás y no volverás! ¡Irás y no volverás! - repetían otras.

Pero el hijo del pescador, como si fuese sordo, continuaba su camino sin detenerse un instante a escuchar los maravillosos trinos, ni volver la cabeza para ver de dónde procedían, sin detenerse ante la fuente de cristal que cantaba: «¡Alto! ¡Alto!», ni el árbol de mil hojas que, como manecitas verdes, se agarraban a su casaca para impedirle el paso.

Así hasta las mismas puertas del castillo, pero ¡oh desilusión! Tres perros, del tamaño de elefantes, le impedían la entrada.

¿Qué había de hacer? ¿Volverse, atrás? ¡De ninguna manera! ¡Todo antes que retroceder!

Sacó el cuchillo con aire decidido, mas ¿qué podía aquella arma minúscula contra los formidables monstruos?

De repente recordó las dádivas de los animales litigantes y viendo en lo alto, junto a las almenas, una ventana abierta sacó de su escarcela la pluma y gritó:

- ¡Dios me valga, paloma!

Una fracción de segundo más tarde, Miguelín, convertido en paloma, volaba a través de la abierta ventana y se colaba de rondón en el castillo. Cuando estuvo dentro se posó, en el suelo y gritó:

- ¡Dios me valga, hombre!

Y recobró en el acto su forma natural.

Encontróse en una sala inmensa, cuyas paredes eran de plata; pero no había en ellas muebles, adornos, ni utensilios de ninguna clase, así como tampoco el menor rastro de persona viviente. Pasó a otra estancia toda de oro y luego a otra de piedras preciosas, esmeraldas, rubíes y topacios que refulgían de tal modo que le cegaban. En todas halló la misma soledad.

La contemplación de tales maravillas no impedía a nuestro héroe sentir un apetito horroroso, hasta el punto de que, impaciente por conocer de una vez la dicha o el peligro que le aguardaba, exclamó:

- ¡Diablo o ángel, genio o gigante, dueño de este maravilloso castillo; todo tu oro, toda tu plata, todas tus piedras preciosas, las trocaría de buena gana por un plato de humeante sopa!

Al punto aparecieron ante sus ojos una silla, una mesa con su blanco mantel, sus platos, cubierto y servilleta. Y Miguelín, contentísimo, sentóse a la mesa.

Servidos por mano invisible fueron llegando todos los platos de un opíparo festín, desde la humeante y sabrosa sopa de tortuga, hasta las riquísimas perdices, amén de frutas, dulces, y confituras.

Terminado el banquete, desaparecieron platos, cubiertos, mesa, silla y manteles como por arte de magia, y Miguelín empezó a vagar, desorientado, por los regios y desiertos salones.

- Siete días llevo sin dormir - recordó - si en vez de tanta pedrería hubiera por aquí aunque fuera un jergón de paja...

Al punto apareció ante sus ojos asombrados una magnífica cama de plata cincelada con siete colchones de pluma.

Miguelín se acostó, dispuesto a dormir toda la noche de un tirón. Mas apenas habían transcurrido unas dos horas, despertóle un llanto ahogado, que salía de la habitación vecina.

- Será algún pequeño del hada - murmuró, dando media vuelta.

Pero todavía no había conseguido reconciliar el sueño, cuando los sollozos se dejaron oír con más fuerza, acompañados de suspiros entrecortados y lamentos de una voz de mujer.

- Esto se pone feo - pensó, Miguelín.

Y levantándose de un salto, pasó al salón contiguo, que encontró tan desierto como antes.

Pasó a otro, y a otro, y a otro, hasta recorrer más de cien salones, sin dar con alma viviente y oyendo siempre, cada vez más cercanos, los lamentos.

Creyendo que se burlaban de él, dio con rabia una fuerte patada en el suelo, que se abrió. Y al abrirse, cayó Miguelín por la abertura, en un aposento regiamente amueblado, con las paredes tapizadas de tisú de plata y damasco azul.

En medio de tanto esplendor, una princesita, de rubios cabellos y manecitas de lirio, lloraba amargamente.

- Apuesto doncel - dijo, al verle entrar: - aléjate cuanto antes de este malhadado castillo. No seas uno más entre tantos jóvenes infortunados que aquí han dejado sus vidas, pretendiendo salvar las de otras princesas tan desgraciadas como yo. El gigante dueño de este castillo duerme veintidós días de cada mes, durante los cuales no toma alimento alguno. Cuando despierta, dedica siete días a preparar el banquete con que se obsequia el octavo, después del cual reanuda su sueño. El postre de este banquete consiste en una doncella, princesa si es posible. Mañana despertará el monstruo y la víctima elegida he sido yo. Sólo me quedan ocho días de vida; mas, como nada puedes hacer en favor mío, aléjate, te lo suplico.

- ¡No llores, preciosa niña! - exclamó Miguelín. - En siete días puede volver a hacerse el mundo. Y no me tomes por tan poquita cosa. Para defenderte, tengo mi cuchillo de monte y si esto no bastara, puedo convertirme en león, en paloma o en pulga. Seca, pues, tus lágrimas y dime dónde está ese dormilón tragaprincesas, que ya me van entrando ganas de conocerlo.

- Nada podrás contra el gigante - contestó la princesita. - Ni tu cuchillo ni la garra del más fiero león. Sólo un huevo que se encuentra dentro de una serpiente que habita en el Monte Oscuro, en los Pirineos.

El huevo ha de dispararse con tan certera puntería que hiera al monstruo entre ceja y ceja, matándolo. Entonces quedaría desencantado el castillo. Pero también la serpiente es un monstruo maligno y poderoso: devora a todo bicho viviente que se atreve a acercarse a cinco leguas de ella. Créeme, conviértete en paloma ya que tal poder tienes, y sal por esa ventana antes de que den las doce de la noche y despierte el gigante, porque entonces no podrías librarte de sus iras.

- Así lo haré - repuso Miguelín - mas será para ir al encuentro de esa monstruosa serpiente y si quieres que salga vencedor en la empresa, - añadió - prométeme que te casarás conmigo dentro de siete días, cuando te saque de este castillo.

Prometiólo así la Princesa, y Miguelín, convertido en paloma, voló, al bosquecillo a través de la ventana.

Allí volvió a su estado de hombre, para recoger el caballo y el perro, que, alejados cuanto podían de los tres gigantescos guardianes, le esperaban.

Montado en su alazán y seguido de su perro fiel, salió del bosque y del recinto del castillo, sin hacer caso de las voces con que pretendían detenerle los pájaros, los árboles y la fuente de plata.

Y anduvo, anduvo, durante tres días, siguiendo la dirección que le diera la princesita, hasta llegar al pueblo, cuyas señas retenía en la memoria, y que se hallaba enclavado ante un monte elevadísimo, cubierto de maravillosa vegetación.

Dejó caballo y perro en las cercanías y entró en el pueblo humildemente.

Llamó a la primera casa.

- ¿Qué deseas, hermoso doncel? - le preguntaron.

- Una plaza de pastor, sólo por la comida.

- Eres demasiado apuesto para eso - le contestaron.

Y le dieron con la puerta en las narices.

Por fin halló en las afueras del pueblo una casa de labranza de blancas paredes, donde llamó y salió a abrirle una linda muchacha.

- Vengo a ver si necesitan ustedes un mozo para la casa - dijo tímidamente.

La muchacha, prendida de la donosura de Miguelín, fue corriendo a avisar a su padre.

Y éste dio a Miguelín una plaza de pastor.

Vistiendo la tosca pelliza y el cayado en la mano, salió Miguelín al día siguiente, muy de mañana, tras los rebaños flacos y escuálidos.

- No te acerques a aquellas montañas cubiertas de verdor - le advirtió su amo al despedirle - Hay en ellas una serpiente de colosal tamaño, que devora a cuantos pastores y rebaños intentan acercarse siquiera a cinco leguas. Por eso nuestros animales están flacos y en este pueblo la mortandad entre ellos es tremenda, ya que sus únicos pastos son aquellas otras montañas, áridas, y estériles, adonde has de dirigirte.

Pero Miguelín hizo todo lo contrario de lo que le habían aconsejado; es decir, se encaminó en derechura a la montaña de la serpiente.

Anduvo, anduvo y, desde muchas leguas de distancia, cuando apenas había hollado los pastos verdes y húmedos, oyó el silbido espantoso de la Serpiente que se hallaba en la cima de la montaña.

Al poco, la Serpiente llegaba como una exhalación.

Pero Miguelín, al conjuro de «¡Dios me valga, león!» se había convertido ya en imponente fiera.

Y león y serpiente lucharon con todo el brío posible.

Todo era espuma y sangre, silbidos y rugidos de coraje y amenaza.

Al cabo de un buen rato, rendidos y jadeantes, cesaron el combate y se separaron.

La Serpiente dijo rabiosa:

Si tuviese agua de la ría,

¡qué pronto, león mío, te mataría!

Y el león contestó:

Y si yo tuviese un trozo de pan,

una botella de vino y el beso de una doncella

¡qué pronto, serpiente mía, la muerte te diera!

Luego, añadiendo: «¡Dios me valga, pulga!», desapareció, para recobrar la forma natural en la falda de la montaña, donde recogió su rebaño y regresó a la casa de labranza, donde no salían de su asombro al ver a los animales tan gordos y relucientes.

A la mañana siguiente, cuando salió Miguelín con los rebaños hacia el monte, dijo el labrador a su hija:

- Habría que espiar al nuevo pastor, pues no comprendo cómo en un solo día ha podido hacer cambiar de ese modo a los animales. Están gordísimos y lustrosos.

- Padre mío, si quieres, yo iré mañana a vigilarle - contestó ella.

Y a la mañana siguiente, le siguió de lejos y vio cómo se encaminaba a la montaña de la Serpiente y dejaba los rebaños en su falda paciendo a placer, dirigiéndose sin temor al encuentro del monstruo.

Luego le vio convertirse en león y luchar fieramente con la Serpiente.

Todo era espuma y sangre y rugidos de coraje y amenaza. Por fin, rendidos y jadeantes, se soltaron, y la Serpiente, enfurecida, silbó:

Si tuviese agua de la ría,

¡qué pronto, león mío, te mataría!

Y rugió el león:

Y si yo tuviera un trozo de pan,

una botella de vino y el beso de una doncella,

¡qué pronto, serpiente mía, la muerte te diera!

Luego le oyó añadir:

- ¡Dios me valga, pulga!

Y desapareció.

La hija del labrador echó a correr hacia su casa, mas se guardó muy bien de referir a nadie lo que había visto. Al día siguiente, cuando salió Miguelín con los rebaños, cada vez más gordos y lustrosos, echó a andar la moza, con un cestito en la mano, siguiéndole de lejos.

Y otra vez vio la moza cómo Miguelín convertido en león acometía a la Serpiente, cómo los ánimos de las dos fieras se encendían de ira, y ambos despedían chispas y todo el suelo se cubría de sangre y espuma, con nunca vista fiereza y demasía.

Por fin, cansados, medio muertos, cesaron el fiero combate y se separaron. Y la Serpiente, azul de cólera, silbó:

Si tuviese agua de la ría,

¡qué pronto, león mío, te mataría!

Y el león, no menos furioso, replicó:

Si yo tuviera un trozo de pan,

una botella de vino y el beso de una doncella,

¡qué pronto, ¡serpiente mía, la muerte te diera!

En aquel instante la hija del labrador salió de la espesura donde estaba escondida, sacó del cesto un pedazo de pan y una botella de vino y se lo dio al león, acompañado de un sonoro beso de sus labios frescos.

El león comió el pan con presteza, bebióse el vino, y de nuevo embistió, con renovada energía a la Serpiente.

Repitióse la lucha, y otra vez manó la sangre y corrió la espuma de los cuerpos maltrechos. Mas la serpiente no tardó en desfallecer y el león cada vez más pujante le atacaba; hasta que al fin la serpiente se desplomó.

Miguelín, recobrando la forma humana, después de haber dado las gracias a la hija del labrador, sacó su cuchillo de monte, abrió al monstruoso reptil en canal y extrajo de su vientre el huevo que había de servirle para libertar a la princesita de rubios cabellos y manecitas de lirio.

No hay que decir el júbilo y los agasajos con que fue recibido nuestro Miguelín en el pueblo, no bien se supo que había dado muerte a la monstruosa serpiente.

Todos se disputaban el honor de verlo y abrazarle y todos le regalaban sacos, llenos de oro y riquísimas joyas, y el labrador, loco de alegría, quería casarlo a toda costa con su hija.

Pero Miguelín ardía en deseos de correr a libertar a la princesita, a quien sólo quedaba un día de vida.

Así lo notificó al labrador y al mismo tiempo le pidió, la mano de su hija para casarla a su regreso con su hermano, el hijo segundo del pescador.

Todo el pueblo acudió a despedirle, vitoreándole y llevándolo en hombros; pero él sólo pensaba en no llegar demasiado tarde a salvar a su bella princesa.

Cuando, montado en su caballo alazán y seguido de su perro fiel, atravesó, el bosquecillo de los pájaros cantores, de los árboles parlantes y de la fuente de cristal, y se encontró a la puerta del castillo, vio que habían empezado los preparativos para el gran festín.

Inmediatamente dijo:

- ¡Dios me valga, paloma!

Y en raudo vuelo llegó hasta el lugar donde el gigante esperaba a que sonara la hora para dar principio a la matanza.

Posose en el antepecho del ventanal y exclamó:

- ¡Dios me valga, hombre!

Y en hombre se convirtió.

Y antes de que el monstruo tuviera tiempo de abrir la boca, sacó de la escarcela el huevo de la serpiente, apuntó con precisión y se lo tiró, hiriéndole entre ceja y ceja, matándole.

Oyóse un estrépito horroroso, como de millones de truenos que retumbaran al unísono y el «Castillo de Irás y No Volverás» se derrumbó.

De entre sus escombros surgió Miguelín dando la mano a la Princesita de rubios cabellos y manecitas de lirio.

Otras muchas princesas y otros muchos galanes, encantados desde hacía largos años por el Gigante, salieron también.

Los pájaros cantores se convirtieron en hermosos niños, las hojas de los árboles en apuestos mancebos y la fuente de cristal en una lindísima dama, que se casó con el hijo menor del pescador.

- Acabó mi encantamiento - exclamó la Princesita de rubios cabellos y manecitas de lirio. - Yo soy la hija del rey de estas tierras. Vámonos al punto a casa de mi padre.

Y a palacio fueron.

El rey se volvió loco de júbilo; llamó al señor obispo y los mandó casar.

Miguelín quiso que sus propios padres tuviesen un palacio en la ciudad.

La hija del labrador, que tan eficazmente le había socorrido, se casó con su otro hermano, el segundo hijo del pescador.

Y desde entonces vivieron todos felices y contentos, y el que no lo crea que se fastidie; y al que lo crea, albricias.

Popular (España)


PS: Nostalgia extrema!! ojalá volvieran los días en que me pasaba toda la tarde leyendo cuentos después de la escuela :) y me imaginaba terminar feliz y contenta, albricias!

domingo, 6 de julio de 2008

Una bella película

¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? -preguntó el barón d'Ormesan-. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.

En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos C.I.C. Nuestro propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad de algunos funcionarios del Sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir MalekPacha, quien, después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la terraza de su residencia de Pera.

Sólo nos faltaba la representación de un crimen. Pero, desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es muy raro que los criminales actúen abiertamente.

Desesperando de lograr por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primeramente habíamos pensado contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores al ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que nuestra cámara registraría. Mas ésta fue una perspectiva ingrata para todos. Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.

Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes, cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.

Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.

La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin, le dije:

-Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.

-Señor -repuso cortésmente el futuro asesino- no tengo más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece claramente; voy a pedirle una gracia, sólo una: permítame cubrirme el rostro.

Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el individuo comenzó su tarea.

Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escena. Con el puñal dio unos puntazos en el brazo de su víctima. Ésta se puso rápidamente de pie, saltando, con una fuerza duplicada por el espanto, sobre la espalda de su agresor. La muchacha volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en socorro de su amigo. Fue la primera en caer, herida en el corazón. Luego la escena se concentró en el joven, que se abatió de una herida en la garganta. El asesino hizo las cosas bien. El pañuelo que cubría su rostro no se había movido durante la lucha, y lo conservó puesto todo el tiempo que la cámara funcionó.

-¿Están ustedes conformes? -nos preguntó-. ¿Puedo ahora arreglarme un poco?

Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se peinó, cepillándose luego el traje. Inmediatamente, la cámara se detuvo.

FIN

Apollinaire


Pd. Me recuerda a la trama de Saw :S

martes, 10 de junio de 2008

domingo, 8 de junio de 2008

Lo ama las palabras...

manatí, arsénico, cirrosis, anémona, pecunio, cacofonía, tautología, rampante, filantropía, cucufato, alegoría, aseveración, silogismo, simbolismo, alpargatas, cotonetes, síncope, artimaña, blasfemias, halogenuro, arcaizante, visceral, condumio, polaridad, daguerrotipo, pasquines, frufrú, dingolondango, disyuntivo, cotiledones, anagrama, laberinto, birome, panfleto, paradigmas, aneurisma, neuralgia, zuricata, septentrional, dubitativo, chiripa, salmuera, diácono, saeta, arbitrario, sinergia, felicidad...


miércoles, 7 de mayo de 2008

Premonición

I am like a flag surrounded by vast, open space.
I sense the coming winds and must live through them,
while all other things among themselves do not yet move:
The doors close quietly, and in the chimneys is silence;
The windows do not yet tremble, and the dust is still heavy and dark.

I already know the storms, and I'm as restless as the sea.
I roll out in waves and fall back upon myself,
and throw myself off into the air and am completely alone
in the immense storm.


Vorgefühl

Ich bin wie eine Fahne von Fernen umgeben.
Ich ahne die Winde, die kommen, und muß sie Leben,
während die Dingen unten sich noch nicht rühren:
Die Türen schliessen noch snaft, und in den Kaminen is Stille;
die Fenster zittern noch nicht, und der Staub ist noch schwer.

Da weiss ich die Stürme schon und bin erregt wie das Meer.
Und breite mich aus und falle in mich hinein
und werfe mich ab und bin ganz allein
in dem großen Sturm.

Rilke

Traducción de Cliff Crego

miércoles, 30 de abril de 2008

(3) Cuento: Historia de un matrimonio

Una vez que nos bebimos todo el ponche, nuestros padres cuchichearon entre sí y nos dejaron solos.
—¡Anda! —me incitó el mío—. ¡Adelante!
—Pero ¿cómo le voy a hacer la declaración si no la quiero?—objeté.
—¡Déjate de monsergas! No eres más que un bobo sin luces...
Dicho esto, mi padre me lanzó una mirada colérica; y salió del cenador. Por la puerta entornada entró la mano de vieja que se llevó la vela de la mesa. Quedamos a oscuras.
“Bueno —me dije a mí mismo—, sea lo que Dios quiera. Tosí, para animarme; y comencé, con soltura desacostumbrada en mi:
—Las circunstancias me son propicias, Zoia Andreievna. Por fin estamos solos, y la oscuridad me favorece, ocultando el rubor de mi cara; el rubor que me producen los sentimientos de que está llena mi alma...
Pero al llegar aquí me detuve. Oí latir el corazón y castañetear los dientes de Zoia. Todo su cuerpo era presa de vibración que se oía y se notaba por el temblor del banco. La pobre muchacha no me quería. Lejos de ello, me odiaba como el perro al palo; y me despreciaba, si puede admitirse que las tontas sean capaces de despreciar. Yo ahora parezco un orangután y soy feísimo, por más que me adornen condecoraciones y cargos; pero en aquella época era por el estilo de cualquier otro animal: mofletudo, granuloso, peludo... Un catarro crónico y el uso de bebidas espirituosas me habían puesto nariz gorda y colorada. Ni los osos hubieran envidiado agilidad. Y en cuanto a prendas morales, ¡ para qué vamos a hablar!... Además, a Zoia, cuando aún no era mi novia, le había sacado una propina descomunal por un servicio prestado. No quise continuar mi mentirosa declaración, porque sentí lástima de ella.
—Salgamos al jardín —le sugerí—. Aquí hace bochorno... Salimos y echamos a andar por un sendero. Nuestros pa­dres, que escuchaban con el oído pegado a la puerta del ce­nador, se escondieron entre los arbustos. La luz de la luna resbaló por el rostro de Zoia. Pese a ser muy inocente todavía, supe leer en aquella cara la dulzura de la esclavitud. Suspiré y proseguí:
—¿Oye ese ruiseñor? Está distrayendo a su compañera. Yo, en cambio, ¿a quién puedo distraer solo como vivo?
Zoia enrojeció y bajó los ojos. Era la postura teatral que le habían ordenado adoptar. Nos sentamos en un banco, de cara al río. En la orilla opuesta destacaba la blanca silueta de una iglesia, tras la cual se erguía la mansión del conde Kuldarov, en la que vivía el oficinista Bolnitsin, por quien Zoia suspiraba. Sentada junto a mí, mantenía la vista fija en aquella casa. Mi corazón se contrajo de piedad. ¡Señor, Señor! Dios tenga en la gloria a nuestros padres, pero... ¡ojalá hayan pasado en el infierno aunque sólo sea una semana!
—Mi felicidad depende de una persona —volví a la car­ga—. De una persona a la que profeso un sentimiento... La amo, y si ella no me correspondiera, mi perdición y mi muerte serian irremisibles... Esa persona es usted... ¿Puedo aspirar a su amor? ¿Me quiere usted?
—Sí —musitó ella.
Confieso que me sentó como un mazazo. ¡ Yo que pensaba que haría mil remilgos y terminaría dándome calabazas, por­que amaba a otro! ¡ Miren que salir diciéndome que sí, con las esperanzas que yo tenía de lo contrario! La pobre no tuvo fuer­zas para ir contra la corriente.
—Le quiero —dijo—; y rompió en llanto.
—¡Imposible! —protesté, sin hacerme cargo de lo que decía y temblando de arriba abajo—. ¿ Cómo es posible que me quiera? ¡Zoia Andreievna, paloma mía, no me crea! ¡ Por Dios, no me crea! Yo no la quiero a usted. ¡ Que Dios me confunda mil ve­ces si la quiero! Y usted tampoco me quiere a mí. ¡ Todo es pura ficción!
Me levanté de un salto y me puse a pasear, nervioso, junto al banco.
—¡No hay que seguir adelante! Esto es pura comedia. Nos casan a la fuerza, Zoia Andreievna. Por interés. Antes que casarme con usted, me colgaría al cuello una piedra de amolar. ¡ Malditos diablos! ¿ Qué derecho tienen a esto? ¿Por quién nos han tomado? ¿Por siervos? ¿Por perros? ¡ No nos casaremos! ¡ Para que se fastidien, los muy raídos! ¡ Ya le hemos bailado el agua más de la cuenta! ¡ Ahora mismo voy y les digo que no quiero casarme con usted!
Zoia dejó de llorar, repentinamente; y su cara se secó al instante.
—¡Voy y se lo suelto! —seguí encolerizado—. Y usted tam­bién vendrá. Les dirá que no me quiere a mí, sino a Bolnitsin. Y yo estrecharé la mano de ese muchacho... Sé con qué pasión le ama usted.
Ella sonrió, llena de felicidad; y, levantándose también, se puso a andar a mi vera.
—Usted también ama a otra —dijo, frotándose lentamente las manos—. A mademoiselle Debé.
—Cierto —asentí—. A mademoiselle Debé. Aunque no es ni ortodoxa ni rica, me fascinan su inteligencia y sus cuali­dades morales... Ya pueden maldecir mis padres, que me ca­saré con ella por encima de todos. ¡La quiero, quizá más que a mi vida! ¡Vivir sin ella no es vivir! ¡Si no consigo hacerla mi mujer, prefiero la muerte! Ahora mismo me voy para allá... Venga conmigo, y les haremos saber a esos payasos... ¡Gra­cias, paloma! ¡Qué peso me ha quitado usted de encima!
En un arrebato de contento, di las gracias a Zoia, y ella me las dio a mí. Dichosos y agradecidos, nos besamos las ma­nos el uno al otro; y nos llamamos almas generosas y otras lindezas. Mientras yo le besaba las manos, ella me besó la ca­beza, la dura pelambre. Creo que hasta la abracé, olvidado de toda etiqueta. Les aseguro que aquella declaración de desa­mor fue mucho más feliz que todas las declaraciones de amor juntas. Gozosos, encendidos y trémulos, nos encaminamos a la casa, para exponer a nuestros padres la decisión tomada. Íba­mos animándonos el uno al otro.
—¡Que nos riñan! —dije—. ¡Que nos peguen, y hasta que nos echen de casa! Pero seremos felices.
Nada más poner el pie en la casa nos encontramos con nuestros padres, que nos esperaban en el zaguán. Al vernos tan radiantes hicieron una seña a un criado. Este trajo en se­guida champaña para celebrar el fausto suceso. Yo comencé a protestar, a manotear, a patear el suelo, Zoia gritaba, hecha un mar de lágrimas. Se armó un gran alboroto, y no hubo manera de tomarse el champaña.
Pero, a pesar de todo, nos casaron.
Hoy celebramos nuestras bodas de plata. ¡Un cuarto de siglo juntos! Al principio, se nos hacía cuesta arriba. Yo la reñía, le pegaba... Empecé a quererla por puro cansancio. Tuvimos hijos para matar la pena... Después... fuimos acos­tumbrándonos. Y en este preciso instante, Zoia está detrás de mí; y, apoyando las manos en mis hombros, me besa la calva.


Chejov
Moraleja: El amor no es necesario... al inicio

martes, 18 de marzo de 2008

Sitting, waiting, wishing...

Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta
Serei sempre o que esperou que lhe abrissem a porta ao pé deuma parede sem porta

F. Pessoa
(Leído en Antes del Fin, Sábato)

sábado, 1 de marzo de 2008

Oda a la cebolla

Cebolla,
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.
Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,
y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.

Generosa
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.

También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada,
y parece que el cielo contribuye
dándole fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios del tomate.
Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta
en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.
Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.
A propósito de las cebollas, cebollería, cebolleitud y cebollisiones del otro día...

lunes, 4 de febrero de 2008

(2) Cuento: El pájaro de fuego

Tenía el zar Berendéi tres hijos. El menor se llamaba Iván.
Poseía el zar un hermoso jardín con un manzano que daba frutos de oro.
Alguien acudía al jardín a robar las manzanas de oro. El rey, que tenía mucha estima a su jardín, puso en él guardia. Pero nadie podía descubrir al ladrón. Triste, el zar dejó de comer y de beber. Sus hijos le decían, para consolarle:
—No te apenes, querido padre, nosotros mismos guardaremos el jardín.
El hijo mayor dijo:
—Hoy me toca a mí vigilar el jardín.
Al anochecer fue a cumplir su cometido, pero, por más vueltas que dio arriba y abajo, no descubrió a nadie y, cansado, se durmió sobre la blanda hierba.
A la mañana siguiente, el zar le preguntó:
—¿Me traes una buena noticia? ¿Has descubierto al ladrón?
—No, querido padre; en toda la noche no he dormido, no he pegado ojo, pero no he visto a nadie.
A la noche siguiente fue el mediano a guardar el jardín y también se durmió. A la mañana dijo que no había descubierto al ladrón.
Le tocó al hermano menor hacer su guardia en el jardín. Por miedo a dormirse, ni se atrevía a sentarse. En cuanto el sueño le acometía, se lavaba con el rocío que bañaba la hierba y se desvelaba.
A eso de la medianoche le pareció que en el jardín había luz. Era cada vez más intensa, y, por fin, todo el jardín se iluminó. El zarevitz vio que el pájaro de fuego estaba posado en una rama y picoteaba las manzanas de oro.
El zarevitz Iván se acercó sigiloso al manzano y asió de la cola al ave. El pájaro de fuego se estremeció y levantó el vuelo, dejando en la mano del zarevitz una pluma de su cola.
A la mañana siguiente, el zarevitz Iván se presentó ante su padre. El zar le preguntó:
—Di, querido Iván, ¿has visto al ladrón?
—No lo he atrapado, querido padre, pero sé ya quién comete fechorías en nuestro jardín. Aquí tienes un recuerdo del ladrón. Es el pájaro de fuego.
Tomó el zar la pluma y recobró el apetito y el buen humor. Pero he aquí que una buena mañana se levantó con el pensamiento puesto en el pájaro de fuego. Llamó a sus hijos y les dijo:
—Queridos hijos, no estaría de más que ensillarais briosos corceles y salierais por esos mundos en busca del pájaro de fuego.
Los hijos se inclinaron ante su padre, ensillaron briosos corceles y se pusieron en camino, cada uno en una dirección.
El zarevitz Iván, fatigado de tanto cabalgar en aquel largo día estival, echó pie a tierra, trabó al caballo y se tendió a descabezar un sueñecito.
No se sabe si durmió mucho o poco tiempo, lo que sí se sabe es que, al despertarse, no vio su caballo. Se puso a buscarlo y, después de mucho caminar, dio con los huesos del animal. Quedó el zarevitz Iván muy entristecido. ¿A dónde podría ir sin el caballo '?
«En fin -se dijo-, puesto a ello, iré a pie».
Caminó el zarevitz Iván hasta que se sintió invadido de un cansancio mortal. Se sentó muy triste en la blanda hierba. De pronto vio que corría hacia él un lobo gris.
—¿Por qué, zarevitz Iván, te veo tan triste, tan abatido? —preguntó el lobo.
—¿Cómo no voy a estarlo, lobo gris? Me he quedado sin mi buen caballo.
—Tu caballo me lo comí yo, zarevitz Iván… Me da pena verte tan cabizbajo. Dime ¿qué te lleva tan lejos?, ¿a dónde vas '?
—Mi padre me mandó recorrer el mundo en busca del pájaro de fuego.
—¡Vaya! En tu buen caballo no hubieras encontrado en tres años el pájaro de fuego. El único que sabe dónde vive soy yo. En fin, ya que me he comido tu caballo, te serviré fielmente. Monta encima de mí y sujétate con fuerza.
Montó el zarevitz Iván a lomos del lobo, y éste salió disparado, cruzando como una exhalación los bosques y los lagos. Por fin llegaron a una fortaleza de altas murallas. El lobo dijo:
—Escúchame, zarevitz Iván, y recuerda bien lo que te digo. Salta la muralla, y no tengas miedo, que toda la guardia está durmiendo. En un palacete verás una ventana en la que hay una jaula de oro con el pájaro de fuego. Toma el pájaro y guárdalo en el seno, pero ten buen cuidado de no tocar la jaula.
Saltó el zarevitz Iván la muralla y vio el palacete en cuya ventana descansaba la jaula de oro con el pájaro de fuego. Tomó el ave y la ocultó en el seno, pero quedó encandilado mirando la jaula. En su corazón se encendió la codicia. «¿Acaso puedo dejar aquí una jaula tan preciosa?», se dijo. Olvidó el zarevitz lo que le había dicho el lobo y tendió la mano hacia la jaula. Pero en cuanto sus dedos la rozaron, sonaron en toda la fortaleza clarines y tambores. La guardia se despertó, apresó al zarevitz Iván y lo llevó a presencia del zar Afrón.
El zar Afrón montó en cólera y preguntó al zarevitz Iván:
—¿Quién eres? ¿De dónde has venido?
—Soy el zarevitz Iván, hijo del zar Berendéi.
—¡Qué vergüenza! ¡El hijo de un zar metido a ladrón!
—¿Por qué no se acuerda usted de que su pájaro venía a picotear las manzanas de oro de nuestro jardín?
—Si hubieras venido honestamente y me lo hubieras pedido, te lo habría dado, movido de mi aprecio a tu padre, el zar Berendéi. Ahora haré que tengáis mala fama en todas las ciudades. Aunque, mira, si me prestas un servicio, te perdonaré. Tiene en su reino el zar Kusmán un caballo de crines de oro. Si me lo traes, te daré el pájaro de fuego.
Muy triste regresó el zarevitz Iván a dónde le estaba esperando el lobo gris. El lobo le reprochó:
—¡No te dije que no tocaras la jaula! ¿Por qué no me hiciste caso?
—Perdona, perdóname, lobo gris.
—¡Ea, monta! ¡Enganchado al carro, no te quejes de la carga!…
De nuevo corrió el lobo llevando encima al zarevitz Iván. Por fin llegaron a la fortaleza en que se hallaba el caballo de crines de oro.
—Salta el muro, zarevitz Iván. La guardia está durmiendo. Ve a la cuadra y saca de allí el caballo, pero ten buen cuidado de no tocar el bocado.
Saltó el zarevitz Iván el muro, aprovechando que la guardia estaba durmiendo, se introdujo en la cuadra y atrapó el caballo de crines de oro, pero no pudo resistir la tentación de llevarse también el bocado, que era de oro puro cuajado de piedras preciosas. ¡Qué hermoso estaría el caballo con él!
Tocó el zarevitz el bocado y al instante sonaron en la fortaleza clarines y tambores. La guardia se despertó, apresó al zarevitz y lo llevó a presencia del zar Kusmán.
—¿Quien eres? ¿De dónde has venido?, preguntó el zar.
—Soy el zarevitz Iván.
—¿Y no se te ha ocurrido nada mejor que robar un caballo? ¡Pero si eso no lo haría ni un simple mujik! En fin, zarevitz Iván, te perdonaré si me prestas un servicio. El zar Dalmat tiene una hija que se llama Elena la Hermosa. Ráptala, tráela aquí y te daré el caballo de crines de oro con su bocado.
Más triste todavía que antes regresó el zarevitz Iván a donde le estaba esperando el lobo.
—¿No te dije, zarevitz Iván —le reprochó el lobo-, que no tocaras el bocado? Otra vez no me has hecho caso.
—Perdona, perdóname, lobo gris.
—En fin, ¡monta!
De nuevo corrió el lobo llevando encima al zarevitz Iván. Llegaron al reino del zar Dalmat. En el jardín de la fortaleza paseaba Elena la Hermosa, acompañada de sus ayas y criadas. El lobo gris dijo:
—Esta vez no te dejaré entrar, iré yo mismo. Tú emprende el regreso, que pronto te daré alcance.
Emprendió el zarevitz Iván el regreso, y el lobo gris salvó de un salto el muro y se introdujo en el jardín. Se agazapó al pie de un arbusto y vio que Elena la Hermosa salía al jardín acompañada de sus ayas y criadas. Elena estuvo un buen rato paseando, y, en cuanto quedó un poco a la zaga de sus ayas y sirvientas, el lobo la asió de sus ropas, se la echó al lomo y huyó con ella.
Iba el zarevitz Iván por el camino y de pronto vio que el lobo, llevando a Elena la Hermosa, le daba alcance. El zarevitz Iván se puso muy contento. El lobo le dijo:
—Monta sin pérdida de tiempo, no sea que nos persigan.
El lobo corría veloz, cruzando como una exhalación bosques, ríos y lagos. Por fin, llegó con Elena la Hermosa y el zarevitz Iván al reino del zar Kusmán. Preguntó el lobo:
—¿Por qué te veo tan triste y abatido, zarevitz Iván?
—¿Cómo quieres que no esté triste, lobo gris? ¿Acaso puedo separarme de tal beldad? ¿Acaso puedo cambiar a Elena la Hermosa por un caballo?
El lobo gris le respondió:
—No te separaré de Elena la Hermosa. La ocultaremos en algún escondrijo, yo adoptaré su imagen y tú me llevarás a presencia del zar.
Escondieron a Elena en una cabaña que había en medio del bosque. El lobo dio una voltereta y quedó convertido en Elena la Hermosa. El zarevitz Iván lo llevó a presencia del zar Kusmán. El zar se alegró mucho y dio las gracias al zarevitz, diciéndole:
—Te agradezco mucho, zarevitz Iván, que me hayas traído la novia. Toma el caballo de crines de oro con su bocado.
Montó el zarevitz Iván a lomos del caballo y fue en busca de Elena la Hermosa. La sentó a la grupa del corcel y se dirigió hacia el reino de su padre.
Mientras, el zar Kusmán se casaba. El festín se prolongó hasta las tantas de la noche. Cuando se hizo hora de dormir el zar llevó a Elena la Hermosa a su habitación, pero en cuanto se acostó al lado vio que el lugar de su joven esposa lo ocupaba un lobo. El zar, espantado, se cayó de la cama, y el lobo huyó. Dio el lobo gris alcance al zarevitz Iván y le preguntó:
—¿Por qué te veo tan pensativo, zarevitz Iván?
—¿Cómo quieres que no lo esté? Me da pena separarme de un tesoro como el caballo de crines de oro, me da pena cambiarlo por el pájaro de fuego.
—No te apenes, yo te ayudaré.
Llegaron al reino del zar Afrón, y el lobo dijo:
—Oculta a Elena la Hermosa y al caballo, yo me convertiré en el corcel de crines de oro y tú me llevarás a presencia del zar Afrón.
En fin, ocultaron a Elena la Hermosa y al bruto en el bosque. El lobo gris dio una voltereta y se convirtió en el caballo de crines de oro. El zarevitz Iván lo llevó a presencia del zar Afrón. El zar se puso muy contento y le dio el pájaro de fuego en su jaula de oro.
El zarevitz Iván regresó al bosque, montó a Elena la Hermosa en el caballo de crines de oro, tomó la preciosa jaula con el pájaro de fuego y se dirigió al reino de su padre.
Mientras, el zar Afrón hizo que le trajeran el caballo, y se disponía ya a montarlo, cuando el corcel se convirtió en un lobo gris. Asustado, el zar se desplomó sin poder dar siquiera un paso. El lobo huyó y, al poco, daba alcance al zarevitz Iván, a quien dijo:
—¡Ea, despidámonos, yo no puedo ir más allá!
El zarevitz Iván echó pie a tierra, hizo tres profundas reverencias al lobo gris y le dio las gracias con mucho respeto. El lobo gris le dijo:
—No te despidas de mí para siempre, que todavía he de serte útil.
«¿Cuándo vas a serme útil, si ya se han cumplido todos mis deseos?», pensó el zarevitz Iván. Luego, montó a lomos del caballo de crines de oro y prosiguió su camino, con Elena la Hermosa y el pájaro de fuego.
Habían llegado ya al reino del zar Berendéi cuando al zarevitz se le ocurrió descansar un rato. Llevaban consigo un poco de pan, lo comieron, bebieron agua de un manantial y se tendieron a descansar.
En cuanto el zarevitz Iván se quedó dormido, llegaron al paraje aquel sus hermanos. Habían cabalgado por tierras extrañas buscando el pájaro de fuego, pero regresaban con las manos vacías.
Vieron los hermanos que el zarevitz Iván lo había conseguido todo y se confabularon.
—Matemos a Iván y todo será nuestro.
Se hicieron el ánimo y mataron al zarevitz Iván. Montaron a lomos del caballo de crines de oro, tomaron consigo el pájaro de fuego, sentaron en la grupa del corcel a Elena la Hermosa y la amenazaron:
—¡No se te ocurra decir una palabra!
El zarevitz Iván yacía muerto, y los cuervos revoloteaban ya sobre su cuerpo. De pronto llegó corriendo el lobo y apresó a un cuervo y a su corvato.
—Vuela, cuervo, en busca de agua de la vida y agua de la muerte. Si las traes, soltaré a tu corvato.
Viendo que no tenía otra salida, el cuervo levantó el vuelo, y el lobo quedó sujetando al corvato. No se sabe si fue mucho o poco el tiempo que estuvo volando el cuervo. Lo que sí se sabe es que trajo el agua de la vida y el agua de la muerte. El lobo gris roció de agua de la muerte las heridas del zarevitz Iván, que cicatrizaron al instante; luego roció el cuerpo muerto con agua de la vida, y el zarevitz resucitó.
—¡Cuán profundamente dormía!
—Tan profundamente —le dijo el lobo gris—, que de no ser por mí no te hubieras despertado nunca. Tus hermanos te mataron y se llevaron todo lo que conseguiste. Monta encima de mí sin pérdida de tiempo.
Volaron en pos de los hermanos y no tardaron en darles alcance. El lobo gris los mató a dentelladas y esparció sus restos por el campo.
El zarevitz Iván se inclinó profundamente ante el lobo gris y se despidió de él para siempre.
Regresó a casa el zarevitz Iván montado en el caballo de crines de oro llevando consigo el pájaro de fuego, para su padre, y acompañado de Elena la Hermosa, con quien había resuelto casarse.
El zar Berendéi se alegró mucho de ver a su hijo y le hizo mil preguntas. Iván le contó que el lobo gris le había ayudado a conseguirlo todo y luego le dijo que sus hermanos lo habían matado cuando estaba durmiendo y que el lobo los había hecho pedazos.
El zar Berendéi se apenó, pero no tardó en consolarse. El zarevitz Iván se casó con Elena la Hermosa y fue muy feliz con ella.

Cuento Ruso

viernes, 4 de enero de 2008

(1) Cuento: Un ojito, Dos ojitos, Tres Ojitos

Érase una mujer que tenía tres hijas. La mayor se llamaba Un Ojito, porque tenía un solo ojo en medio de la frente; la segunda, Dos Ojitos, porque tenía dos, como todo el mundo; y la tercera, Tres Ojitos, pues tenía tres, uno de ellos en medio de la frente. Y como la segunda no se diferenciaba en nada de las demás personas, sus dos hermanas y su madre no podían sufrirla. Decíanle:
- Con tus dos ojos no sobresales en nada de la gente ordinaria; no perteneces a nuestra clase.
Y, así, la rechazaban, obligándola a usar vestidos harapientos, y para comer no le daban más que las sobras; y, encima, la mortificaban cuanto podían.
Un día en que Dos Ojitos había salido al campo a apacentar la cabra, estaba sentada en el borde del camino, llorando desconsoladamente, de tal forma que no parecía sino que de sus ojos manaran dos arroyos, pues sus hermanas no le habían dado de comer y se sentía muy hambrienta. Al levantar un momento la mirada, vio a su lado a una mujer, que le preguntó:
- Dos Ojitos, ¿por qué lloras?
Y respondió la muchachita:
- ¿Cómo no he de llorar? Porque tengo dos ojos como todas las demás personas, mi madre y mis hermanas me aborrecen, me empujan de un rincón a otro, me echan prendas viejas y sólo me dan para comer lo que ellas dejan. Hoy me han dado tan poco, que el hambre me atormenta.
Díjole entonces el hada:
- Seca tus lágrimas, Dos Ojitos, voy a enseñarte unas palabras con las que ya no padecerás más hambre. Sólo tienes que decir lo siguiente, dirigiéndote a tu cabra:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita».

Y enseguida tendrás ante ti una mesa, primorosamente dispuesta con los más sabrosos manjares, y podrás comer hasta saciarte. Y cuando ya estés satisfecha y ya no necesites de la mesa, dirás:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Y desaparecerá en el acto de tu vista.
Y dicho esto, el hada se marchó. Dos Ojitos pensó: «Es cosa de probar enseguida si es cierto esto que me ha dicho, pues realmente me atormenta el hambre»; y exclamó:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita».

Apenas hubo pronunciado estas palabras vio ante sí una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, y encima, un plato con su cuchillo, tenedor y cuchara, todo de plata. Había también viandas magníficas, todavía humeantes, como si acabasen de salir de la cocina. Dos Ojitos rezó la oración más breve, de cuantas sabía: «¡Dios mío, sé nuestro huésped por los siglos de los siglos, amén!». Se sirvió y comió con verdadera fruición. Cuando ya estuvo satisfecha, dijo, como le enseñara el hada:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Y en un santiamén desapareció la mesa con todo lo que había. «¡He aquí una manera cómoda de cocinar!»; pensó Dos Ojitos, ya de muy buen humor.
Al regresar a su casa al anochecer con la cabra, encontró una escudilla de barro con algo de comida que le habían dejado las hermanas, pero no la tocó. Al día siguiente marchóse de nuevo con la cabrita, sin hacer caso de los mendrugos que le habían puesto para el desayuno. Al principio, las hermanas no prestaron atención al hecho, pero, al repetirse, dijeron.
- Algo ocurre con Dos Ojitos. Siempre se deja la comida, cuando antes se zampaba todo lo que le dejábamos. De seguro que ha encontrado algún otro recurso.
Para averiguar lo que sucedía, convinieron en que Un Ojito la acompañaría a apacentar la cabra para espiar sus acciones y ver si alguien le traía comida y bebida.
Al marcharse Dos Ojitos, se le acercó la hermana mayor y le dijo:
- Iré al campo contigo; quiero saber si guardas bien la cabra y la llevas a buenos pastos.
Pero Dos Ojitos comprendió perfectamente el pensamiento de la otra y, conduciendo la cabra a un prado donde crecía alta hierba, dijo:
- Ven, Un Ojito, sentémonos aquí; te cantaré una canción.
Un Ojito estaba cansada de la caminata y del ardor del sol; sentóse, y su hermana se puso a cantarle:

«Un Ojito, ¿velas?
Un Ojito, ¿duermes?».

Repitiendo siempre las mismas palabras, hasta que la otra, cerrando su único ojo, se quedó dormida. Al ver Dos Ojitos que su hermana dormía profundamente y no podría descubrirla, dijo:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita».

Y, sentándose a la mesa, comió y bebió hasta quedar satisfecha. Luego volvió a decir:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Y todo desapareció en un momento. Dos Ojitos despertó entonces a su hermana y le dijo:
- Un Ojito, vienes para guardar la cabra y te duermes. El animalito podría haber dado la vuelta al mundo. Anda, volvamos a casa.
Y se marcharon, y Dos Ojitos dejó nuevamente intacta su cena. Pero Un Ojito no pudo decir a su madre el motivo de que su hermana se negase a comer. Disculpóse alegando que se había quedado dormida en el prado. Al día siguiente dijo la madre a Tres Ojitos:
- Esta vez irás tú; fíjate bien si Dos Ojitos come allí, y si alguien le trae comida y bebida, pues es forzoso que coma y beba secretamente.
Acercóse Tres Ojitos a Dos Ojitos y le dijo:
- Iré contigo a ver si guardas bien la cabra y le das bastante hierba.
Pero Dos Ojitos se dio clara cuenta del propósito de su hermana menor. Condujo la cabra al prado y dijo:
- Sentémonos, Tres Ojitos, que te cantaré una canción.
Sentóse Tres Ojitos, cansada como se sentía del camino y de los ardores del sol, y Dos Ojitos volvió a entonar su cantinela:

«Tres Ojitos, ¿velas?,

sólo que, sin darse cuenta, en vez de decir:
«Tres Ojitos, ¿duermes?», cantó

«Dos Ojitos, ¿duermes?»,

repitiendo cada vez:

«Tres Ojitos, ¿velas?
Dos Ojitos, ¿duermes?».

Ya Tres Ojitos se le cerraron dos ojos, y se le quedaron dormidos; pero el tercero, a causa de la equivocación en el estribillo, permaneció despierto. Cierto que lo cerró la muchacha, mas por ardid, simulando que dormía con él también, y así, abriéndolo disimuladamente, pudo verlo todo. Cuando Dos Ojitos creyó que la otra dormía profundamente, pronunció su fórmula mágica:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita»,

y después de saciar el hambre y la sed, hizo que la mesa se retirase:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Pero resultó que Tres Ojitos lo había presenciado todo. Acercósele Dos Ojitos y le dijo:
- ¿Conque te dormiste, Tres Ojitos? ¡Vaya manera de guardar la cabra! Anda, volvámonos a casa.
Al llegar, Dos Ojitos renunció de nuevo a la cena, y Tres Ojitos dijo a la madre:
- Ya sé por qué esta orgullosa no come. Cuando, allá en el prado, dice a la cabra:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita»,

enseguida tiene ante sí una mesa con las viandas más sabrosas, mucho mejores de las que comemos nosotras; y cuando ya está harta, dice:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita»,

y todo desaparece de nuevo. Lo he visto todo perfectamente. Con su canción hizo que se me durmiesen los dos ojos; más, por fortuna, se me quedó despierto el de la frente.
Llamando entonces la envidiosa madre a Dos Ojitos, la increpó, diciéndole:
- ¿Conque quieres pasarlo mejor que nosotras? ¡Pues voy a quitarte las ganas!
Y cogiendo un cuchillo lo clavó en el corazón de la cabra, matándola.
Dos Ojitos salió de su casa triste y desolada y, sentándose en la linde del campo, púsose a llorar amargas lágrimas. Presentósele por segunda vez el hada, y le dijo:
- ¿Por qué lloras, Dos Ojitos?
- ¡Cómo no he de llorar! - respondió la muchacha -. Mi madre mató la cabra que todos los días, cuando le recitaba el verso que me enseñasteis, me ponía tan bien la mesa, y ahora tengo que padecer nuevamente hambre y privaciones.
Díjole el hada:
- Dos Ojitos, te daré un buen consejo: Pide a tus hermanas que te den la tripa de la cabra muerta, y entiérrala delante la puerta de tu casa. Te traerá suerte.
Desapareció el hada, y Dos Ojitos, regresando a su casa, dijo a las hermanas:
- Dadme un poco de la cabra, hermanas. No pido nada bueno; solamente la tripa.
Echáronse ellas a reír y le respondieron:
- Si no pides otra cosa, puedes quedarte con ella.
Y Dos Ojitos cogió la tripa, y aquella noche fue a enterrarla, con el mayor sigilo, delante de la puerta, según le recomendara el hada.
A la mañana siguiente, al despertarse todas y salir a la calle, quedaron maravilladas al ver un magnífico árbol, que se alzaba ante la casa. Era un árbol prodigioso, con hojas de plata y frutos de oro. En el mundo entero no se habría encontrado nada tan bello y precioso. Nadie sabía cómo había salido allí aquel árbol, de la noche a la mañana. Sólo Dos Ojitos sabía que brotó de la tripa de la cabra, pues se levantaba precisamente en el lugar donde ella la había enterrado. Dijo la madre a Un Ojito:
- Sube, hija mía, a coger algunos de los frutos.
Trepó la muchacha a la copa; pero en cuanto trataba de alcanzar una de las doradas manzanas, la rama se le escapaba de las manos, repitiéndose la cosa todas las veces que intentó hacerse con un fruto. Dijo entonces la madre:
- Tres Ojitos, sube tú, con tus tres ojos verás mejor que tu hermana.
Bajó Un Ojito y encaramóse Tres Ojitos; pero no fue más afortunada; por mucho que mirara a su alrededor, las manzanas de oro continuaron inasequibles. Finalmente, la madre, impacientándose, se subió ella misma al árbol. Pero no le fue mejor que a sus hijas. Cada vez que creía agarrar uno de los frutos, se encontraba con la mano llena de aire.
Dijo entonces Dos Ojitos:
- Probaré yo; quizá tenga mejor suerte.
Y aunque las hermanas la increparon:
- ¡Qué quieres hacer tú con tus dos ojos! - ella trepó a la copa, y las manzanas de oro ya no huyeron, sino que espontáneamente se dejaban caer en su mano. La muchacha pudo cogerlas una a una, y, después de llenarse el delantal, bajó del árbol. La madre se las quitó todas, y Un Ojito y Tres Ojitos, en vez de dar mejor trato a su hermana, envidiosas al ver que sólo ella podía conseguir los frutos, se ensañaron con ella más aún que antes.
He aquí que hallándose un día todas al pie del árbol, vieron acercarse un joven caballero.
- ¡Aprisa, Dos Ojitos! - exclamaron las hermanas -, métete ahí debajo, y así no tendremos que avergonzarnos de ti - y, precipitadamente, le echaron encima un barril vacío que tenían a mano, metiendo también las manzanas que Dos Ojitos acababa de coger. Al llegar el caballero resultó ser un gallardo gentilhombre que, deteniéndose a admirar el magnífico árbol de oro y plata, dijo a las dos hermanas:
- ¿De quién es este hermoso árbol? Por una de sus ramas daría cuanto me pidiesen.
Tres Ojitos y Un Ojito contestaron que el árbol les pertenecía, y que romperían una rama para dársela. Una y otra se esforzaron cuanto pudieron; pero todos sus intentos resultaron vanos, pues ramas y frutos las rehuían continuamente. Dijo entonces el caballero:
- Es muy extraño que, perteneciéndoos el árbol, no podáis cortar una rama de él.
Pero ellas persistieron en afirmar que el árbol era suyo. Mientras porfiaban, Dos Ojitos, desde el interior del barril, hizo rodar por debajo dos o tres manzanas de oro, que fueran a parar a los pies del caballero, pues la muchacha estaba enojada de que las otras no dijesen la verdad. Al ver el forastero las manzanas, preguntó, asombrado, de dónde venían, y Tres Ojitos y Un Ojito le respondieron que tenían una hermana, pero que no la enseñaban porque sólo tenía dos ojos, como las personas vulgares.
El caballero quiso verla y gritó: -¡Sal, Dos Ojitos!
La doncella, cobrando confianza, salió de debajo del barril, y el caballero, admirado de su gran hermosura, le dijo:
- Seguramente tú podrás cortarme una rama del árbol.
- Sí - replicó Dos Ojitos -, sin duda podré, pues el árbol es mío - y, subiéndose a la copa, con gran facilidad quebró una rama, con sus hojas de plata y sus frutos de oro, y la entregó al forastero.
Dijo éste entonces:
- Dos Ojitos, ¿qué quieres a cambio?
- ¡Ay! - respondió la muchacha -, aquí sufro hambre y sed, pesares y privaciones desde la mañana a la noche. Si quisieseis llevarme con vos y liberarme, sería feliz.
Subió el caballero a Dos Ojitos a la grupa de su caballo y la condujo al castillo de su padre, donde le proporcionó hermosos vestidos y comida en abundancia; y como la doncella era, en verdad, encantadora, enamoróse de ella y, a poco, se celebró la boda entre el mayor regocijo.
Al ver que el caballero se llevaba a Dos Ojitos, las dos hermanas sintieron gran envidia por su suerte, pero se consolaron pensando: «De todos modos, nos queda el árbol maravilloso, y aunque no podamos coger sus frutos, todos los que pasen por aquí se pararán a contemplarlo y llamarán a nuestra casa para expresarnos su admiración. ¡Quién sabe donde está nuestra fortuna!». Pero, a la mañana siguiente, el árbol había desaparecido y, con él, sus esperanzas. Y cuando Dos Ojitos se asomó a la ventana de su nuevo aposento, con gran alegría vio que el árbol se levantaba delante de ella, pues la había seguido. La muchacha vivió feliz por mucho tiempo. Un día se presentaron en el castillo dos pobres mujeres que pedían limosna, y Dos Ojitos, al verlas, reconoció a sus hermanas, las cuales habían llegado a tal extremo de miseria, que debían ir mendigando su pan de puerta en puerta. Dos Ojitos las acogió cariñosamente, las trató con gran bondad y las colmó de favores, por lo que las otras se arrepintieron de todo corazón de su mal proceder con su hermana.

Hermanos Grimm
Moraleja 1: Tener un tercer ojo es muy útil.
Moraleja 2: Debería evaluarse mejor la clonación, clonar sólo las ovejas que te den un valor agregado.
Moraleja 3: Las manzanas de oro no son comestibles; en caso de contacto con los ojos enjuague con abundante agua fresca y consulte con un médico.
Moraleja 4: De 4 hijos con variaciones en los número de ojos, el 50% saldrá normal: Dos ojitos y Cuatro ojitos, que vendrá con gafas incorporadas.
Moraleja 5: Los árboles de manzanas de oro desaparecen si no los riegas con limaduras de oro, cualquier reemplazo en su nutrición te llevará inevitablemente a convertirte en un pordiosero e ir a pedir limosna a la casa de una persona con parentesco consanguineo.

miércoles, 2 de enero de 2008

Orgullo y prejuicio - Jane Austen

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1995



1940

Me quedo con la serie del 95', los que la vieron me darán la razón, pero nada como leer el libro *suspiro*...

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