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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Sobre el Ruso

Conocí un ruso con una máscara de abuela zombie que apenas entendía lo que decía, nos gustamos e hice "la cobra" cuando me quiso besar, yo era una bruja loca. Mañana tomaremos café, porque hoy cuando hablé con él después de varios vinos, no nos entendimos nada.

La vida de soltera es tan bizarra, pero me da historias...

Lo

martes, 20 de enero de 2009

Esto es lo que pasó...

Me encerré tanto en mis pensamiento que olvidé que yo fui la que cerró la puerta, o la dejó entreabierta esperando que alguien se asomara y que ese alguien fuera la persona que esperaba. Pasaron horas, días, semanas, meses y conservé el ímpetu inexorable de alguien que ha amado mucho a unos pocos... y a pesar que se había extinguido toda probabilidad, ahí estaba candente la emoción de ver abrir esa puerta, de ver copadas mis esperanzas por un cambio fortuito en el diseño del corazón de ese, de aquel... le clavé el sentimiento a la puerta... al anhelo, a los sueños de redención, al futuro.
Y mientras todo eso pasaba, muchas almas como aviones de papel surcaban las ventanas y desaparecían sigilosas y sin gloria.
No me importaba nada... pronto me dediqué a culparte, a maldecir el día en que nos perdimos, a aferrarme a la primera imagen, el primer beso, la primera ráfaga de deseo... te odie, escuchaba en mi cabeza una canción lastímera... el rencor hiere menos que el olvido... y lloraba por dentro cuando el orgullo me contenía las lágrimas. Debía encontrar otro objeto de afecto, era una necesidad tan grande como la angustia que se formaba en mi garganta... lo intenté, metódicamente en incontables oportunidades, mi problema no era obtener atención, era no cuestionar a las personas, no matarlas dentro de mi... me convertí en un serial killer de posibilidades.
Y es tan irónico, porque nunca vi perfección en él... en nadie, todos los defectos de ese, aquel... estaban identificados y etiquetados pulcramente en mis pensamientos...
Sabía muy bien sus problemas, su carácter, lo desagradable que podía ser... pero tenía presente la lección de la incondicional, de ese bolero falaz... no importaba lo mierda que fuera, no tenía control sobre mis sentimientos... estaba enamorada y por eso el mundo pasó a segundo plano... al terminarse todo... yo podía revolcarme en el lodo de la lujuria y salir con el mismo sentimiento puro y simplón del inicio... y no temía ensuciarme porque en algún momento mi espíritu se desprendió de mi cuerpo y salió volando como un globo con helio, al infinito y más allá... a no menos de 4000 km de donde estoy sin dudas...
Otra vez, desfallecía tras la puerta, con mil cosas en la cabeza, muchas escritas en la pizarra... me contaron que estabas bien, que no mencionaste mi nombre, pero que estabas bien.
Entendí, en una lección recurrente (como cuando te enseñan un idioma con el método más tedioso pero que termina siendo efectivo) que ese sentimiento puro y primitivo que tanto defendía se había convertido en un ilusión, en la ilusión cloaca como definiría Sábato, algo que aborrecía y que me aborrecía, algo que me corrompía y extraía lo peor de mi en pedazos descarnados... pero qué se hace con las ilusiones? las vives, las matas, las hacs durar hasta el último suspiro para complacer a tu drama queen interior....... yo aún quiero verlo, en esa isla en la que nos imaginamos, para ensuciarnos por última vez antes de morir ahogados... sé que es un capricho, lo se... se que me enamoraré de alguien más, lo sé... porque así son estas historias, como en los cuentos de hada: los amantes terminan juntos y felices por siempre... se cierra el libro y se empieza el otro...


domingo, 10 de agosto de 2008

(1) Historias de amor desafortunado

Eran las 7:30 pm del 22 de agosto del 2004, en casa Manuel y Andrea acordaban finalmente que ninguno de los dos cocinaría esa noche. Manuel tomó el teléfono y llamó a la pizzería cercana, media hora después hacía el trueque con el repartidor, dio una propina decente y cerró la puerta mientras el olor de la pizza hawaiana inundaba el recibidor de la casa. Diez segundos después tocaron nuevamente la puerta, esta vez era un hombre con el rostro cubierto y un arma en la mano "trae la guita", Manuel trató de cerrar la puerta en el acto, recibió 4 disparos en el abdomen y murió desangrado en los brazos de Andrea, quien deseó más que nunca no haber puesto excusas para no hacer la cena. Fin.

domingo, 11 de mayo de 2008

A mamá

Has sido mi madre por casi 24 años, de ellos 40% obedecí sin cuestionar, 30% me encerré en mi misma, 20% te culpé de un previsible desequilibrio emocional, 10% entendí por qué lo hacías y cuando despiertes esta mañana te daré un gran abrazo y un beso, me sentiré orgullosa de ti y lloraré cuando ría, porque mami... ya te entiendo (algo)...
Entiendo ahora que las madres llegan al mundo siendo sólo mujeres, crecen, conciben y paren... hasta ahí todo puede sonar fácil; después surgen vertientes de madres: desnaturalizadas, promedio, buenas madres y las que sobrepasan toda expectativas, obviamente muchos ubicamos en esta última categoría a nuestra progenitora.
Es en esta definición en la que tienen el trabajo pesado, conflictos sobre crianza, dudas existenciales, preocupación, penas, alegrías y una dosis de megalomanía... porque por más completa que vean esa obra maestra llamada hijo, una madre como todo ser humano dificilmente se encontrará satisfecha, y te mirará a los ojos y dirá que está orgullosa de ti, pero la conversación siempre terminará con un punto de partida sobre un posible punto de mejora... y es algo tan válido, como que tienen más experiencia y en mi caso, lo agradezco.
Al margen de lo que lleguen a ser, hay algo que tiene la mayoría (salvo las desnaturalizadas) y es que no tienen malas intenciones, se equivocan, te desesperan y puedes terminar en terapia, pero ten por seguro que no fue a propósito, por eso sus errores no deben ser excusa de nada... sólo pensar en que te dio la vida debería ser suficiente para eximirla de cualquier falla y si a eso agregas todo el sacrificio en tus primeros años y el cariño incondicional que te tendrá hasta el fin de sus días... es imposible no adorarla...
Querer a tu madre, sé que no se da siempre, que está de por medio la tolerancia, la comunicación y mucho de afinidad...

Y si hablamos de afinidad...

Cuando ella nació, sus padres ya había tenido 10 hijos, de ellos 5 mujeres
Cuando nací yo tenía un hermano mayor y nunca tuve hermanas

Estudió en colegio de mujeres
Estudié en un colegio mixto

Cuando tenía 12 ella practicaba judo
Cuando tenía 12 dormía y leía en mi tiempo libre

Cuando tenía 14 ganó un concurso de ikebana
Cuando tenía 14 gané un concurso de conocimientos

Cuando tenía 16 viajó con sus amigas a Cuzco
Cuando tenía 16 ingresé a la universidad

Ella estudió psicología
Yo ingeniería

Ella buscaba un libro de Sofocleto
Yo buscaba un libro de Alighieri

Ella es capricornio
Yo leo

Somos tan distintas... pero si algo he aprendido de ella, eso es la tolerancia... y buscar soluciones, no problemas (que es algo que no termino de asimilar)... puede sonar cursi, pero me siento mejor persona desde que la empecé a escuchar, sin mis viejos prejuicios y sin el "no me entiende"... nunca nunca subestimes a alguien (menos a tu madre), si es que no te entiende es porque no lo supiste explicar...

Para terminar, quiero decir que ella y yo encontramos un equilibrio, podemos cambiar en el futuro pero lo que quedará inalterable es el respeto mutuo y el afecto... eso es convivencia (diría papá)

Ella mira los diseños de la ropa
Yo le digo lo que dicen las etiquetas

Ella pide el café
Yo escojo el postre

Ella me abraza
Yo le beso la mejilla

Ella me dice que haga deporte
Yo hago como que no escuché

Ella me dice que me quiere
Yo también
Y nada más importa...

Feliz día mamá!


miércoles, 30 de abril de 2008

(3) Cuento: Historia de un matrimonio

Una vez que nos bebimos todo el ponche, nuestros padres cuchichearon entre sí y nos dejaron solos.
—¡Anda! —me incitó el mío—. ¡Adelante!
—Pero ¿cómo le voy a hacer la declaración si no la quiero?—objeté.
—¡Déjate de monsergas! No eres más que un bobo sin luces...
Dicho esto, mi padre me lanzó una mirada colérica; y salió del cenador. Por la puerta entornada entró la mano de vieja que se llevó la vela de la mesa. Quedamos a oscuras.
“Bueno —me dije a mí mismo—, sea lo que Dios quiera. Tosí, para animarme; y comencé, con soltura desacostumbrada en mi:
—Las circunstancias me son propicias, Zoia Andreievna. Por fin estamos solos, y la oscuridad me favorece, ocultando el rubor de mi cara; el rubor que me producen los sentimientos de que está llena mi alma...
Pero al llegar aquí me detuve. Oí latir el corazón y castañetear los dientes de Zoia. Todo su cuerpo era presa de vibración que se oía y se notaba por el temblor del banco. La pobre muchacha no me quería. Lejos de ello, me odiaba como el perro al palo; y me despreciaba, si puede admitirse que las tontas sean capaces de despreciar. Yo ahora parezco un orangután y soy feísimo, por más que me adornen condecoraciones y cargos; pero en aquella época era por el estilo de cualquier otro animal: mofletudo, granuloso, peludo... Un catarro crónico y el uso de bebidas espirituosas me habían puesto nariz gorda y colorada. Ni los osos hubieran envidiado agilidad. Y en cuanto a prendas morales, ¡ para qué vamos a hablar!... Además, a Zoia, cuando aún no era mi novia, le había sacado una propina descomunal por un servicio prestado. No quise continuar mi mentirosa declaración, porque sentí lástima de ella.
—Salgamos al jardín —le sugerí—. Aquí hace bochorno... Salimos y echamos a andar por un sendero. Nuestros pa­dres, que escuchaban con el oído pegado a la puerta del ce­nador, se escondieron entre los arbustos. La luz de la luna resbaló por el rostro de Zoia. Pese a ser muy inocente todavía, supe leer en aquella cara la dulzura de la esclavitud. Suspiré y proseguí:
—¿Oye ese ruiseñor? Está distrayendo a su compañera. Yo, en cambio, ¿a quién puedo distraer solo como vivo?
Zoia enrojeció y bajó los ojos. Era la postura teatral que le habían ordenado adoptar. Nos sentamos en un banco, de cara al río. En la orilla opuesta destacaba la blanca silueta de una iglesia, tras la cual se erguía la mansión del conde Kuldarov, en la que vivía el oficinista Bolnitsin, por quien Zoia suspiraba. Sentada junto a mí, mantenía la vista fija en aquella casa. Mi corazón se contrajo de piedad. ¡Señor, Señor! Dios tenga en la gloria a nuestros padres, pero... ¡ojalá hayan pasado en el infierno aunque sólo sea una semana!
—Mi felicidad depende de una persona —volví a la car­ga—. De una persona a la que profeso un sentimiento... La amo, y si ella no me correspondiera, mi perdición y mi muerte serian irremisibles... Esa persona es usted... ¿Puedo aspirar a su amor? ¿Me quiere usted?
—Sí —musitó ella.
Confieso que me sentó como un mazazo. ¡ Yo que pensaba que haría mil remilgos y terminaría dándome calabazas, por­que amaba a otro! ¡ Miren que salir diciéndome que sí, con las esperanzas que yo tenía de lo contrario! La pobre no tuvo fuer­zas para ir contra la corriente.
—Le quiero —dijo—; y rompió en llanto.
—¡Imposible! —protesté, sin hacerme cargo de lo que decía y temblando de arriba abajo—. ¿ Cómo es posible que me quiera? ¡Zoia Andreievna, paloma mía, no me crea! ¡ Por Dios, no me crea! Yo no la quiero a usted. ¡ Que Dios me confunda mil ve­ces si la quiero! Y usted tampoco me quiere a mí. ¡ Todo es pura ficción!
Me levanté de un salto y me puse a pasear, nervioso, junto al banco.
—¡No hay que seguir adelante! Esto es pura comedia. Nos casan a la fuerza, Zoia Andreievna. Por interés. Antes que casarme con usted, me colgaría al cuello una piedra de amolar. ¡ Malditos diablos! ¿ Qué derecho tienen a esto? ¿Por quién nos han tomado? ¿Por siervos? ¿Por perros? ¡ No nos casaremos! ¡ Para que se fastidien, los muy raídos! ¡ Ya le hemos bailado el agua más de la cuenta! ¡ Ahora mismo voy y les digo que no quiero casarme con usted!
Zoia dejó de llorar, repentinamente; y su cara se secó al instante.
—¡Voy y se lo suelto! —seguí encolerizado—. Y usted tam­bién vendrá. Les dirá que no me quiere a mí, sino a Bolnitsin. Y yo estrecharé la mano de ese muchacho... Sé con qué pasión le ama usted.
Ella sonrió, llena de felicidad; y, levantándose también, se puso a andar a mi vera.
—Usted también ama a otra —dijo, frotándose lentamente las manos—. A mademoiselle Debé.
—Cierto —asentí—. A mademoiselle Debé. Aunque no es ni ortodoxa ni rica, me fascinan su inteligencia y sus cuali­dades morales... Ya pueden maldecir mis padres, que me ca­saré con ella por encima de todos. ¡La quiero, quizá más que a mi vida! ¡Vivir sin ella no es vivir! ¡Si no consigo hacerla mi mujer, prefiero la muerte! Ahora mismo me voy para allá... Venga conmigo, y les haremos saber a esos payasos... ¡Gra­cias, paloma! ¡Qué peso me ha quitado usted de encima!
En un arrebato de contento, di las gracias a Zoia, y ella me las dio a mí. Dichosos y agradecidos, nos besamos las ma­nos el uno al otro; y nos llamamos almas generosas y otras lindezas. Mientras yo le besaba las manos, ella me besó la ca­beza, la dura pelambre. Creo que hasta la abracé, olvidado de toda etiqueta. Les aseguro que aquella declaración de desa­mor fue mucho más feliz que todas las declaraciones de amor juntas. Gozosos, encendidos y trémulos, nos encaminamos a la casa, para exponer a nuestros padres la decisión tomada. Íba­mos animándonos el uno al otro.
—¡Que nos riñan! —dije—. ¡Que nos peguen, y hasta que nos echen de casa! Pero seremos felices.
Nada más poner el pie en la casa nos encontramos con nuestros padres, que nos esperaban en el zaguán. Al vernos tan radiantes hicieron una seña a un criado. Este trajo en se­guida champaña para celebrar el fausto suceso. Yo comencé a protestar, a manotear, a patear el suelo, Zoia gritaba, hecha un mar de lágrimas. Se armó un gran alboroto, y no hubo manera de tomarse el champaña.
Pero, a pesar de todo, nos casaron.
Hoy celebramos nuestras bodas de plata. ¡Un cuarto de siglo juntos! Al principio, se nos hacía cuesta arriba. Yo la reñía, le pegaba... Empecé a quererla por puro cansancio. Tuvimos hijos para matar la pena... Después... fuimos acos­tumbrándonos. Y en este preciso instante, Zoia está detrás de mí; y, apoyando las manos en mis hombros, me besa la calva.


Chejov
Moraleja: El amor no es necesario... al inicio

viernes, 4 de enero de 2008

(1) Cuento: Un ojito, Dos ojitos, Tres Ojitos

Érase una mujer que tenía tres hijas. La mayor se llamaba Un Ojito, porque tenía un solo ojo en medio de la frente; la segunda, Dos Ojitos, porque tenía dos, como todo el mundo; y la tercera, Tres Ojitos, pues tenía tres, uno de ellos en medio de la frente. Y como la segunda no se diferenciaba en nada de las demás personas, sus dos hermanas y su madre no podían sufrirla. Decíanle:
- Con tus dos ojos no sobresales en nada de la gente ordinaria; no perteneces a nuestra clase.
Y, así, la rechazaban, obligándola a usar vestidos harapientos, y para comer no le daban más que las sobras; y, encima, la mortificaban cuanto podían.
Un día en que Dos Ojitos había salido al campo a apacentar la cabra, estaba sentada en el borde del camino, llorando desconsoladamente, de tal forma que no parecía sino que de sus ojos manaran dos arroyos, pues sus hermanas no le habían dado de comer y se sentía muy hambrienta. Al levantar un momento la mirada, vio a su lado a una mujer, que le preguntó:
- Dos Ojitos, ¿por qué lloras?
Y respondió la muchachita:
- ¿Cómo no he de llorar? Porque tengo dos ojos como todas las demás personas, mi madre y mis hermanas me aborrecen, me empujan de un rincón a otro, me echan prendas viejas y sólo me dan para comer lo que ellas dejan. Hoy me han dado tan poco, que el hambre me atormenta.
Díjole entonces el hada:
- Seca tus lágrimas, Dos Ojitos, voy a enseñarte unas palabras con las que ya no padecerás más hambre. Sólo tienes que decir lo siguiente, dirigiéndote a tu cabra:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita».

Y enseguida tendrás ante ti una mesa, primorosamente dispuesta con los más sabrosos manjares, y podrás comer hasta saciarte. Y cuando ya estés satisfecha y ya no necesites de la mesa, dirás:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Y desaparecerá en el acto de tu vista.
Y dicho esto, el hada se marchó. Dos Ojitos pensó: «Es cosa de probar enseguida si es cierto esto que me ha dicho, pues realmente me atormenta el hambre»; y exclamó:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita».

Apenas hubo pronunciado estas palabras vio ante sí una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, y encima, un plato con su cuchillo, tenedor y cuchara, todo de plata. Había también viandas magníficas, todavía humeantes, como si acabasen de salir de la cocina. Dos Ojitos rezó la oración más breve, de cuantas sabía: «¡Dios mío, sé nuestro huésped por los siglos de los siglos, amén!». Se sirvió y comió con verdadera fruición. Cuando ya estuvo satisfecha, dijo, como le enseñara el hada:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Y en un santiamén desapareció la mesa con todo lo que había. «¡He aquí una manera cómoda de cocinar!»; pensó Dos Ojitos, ya de muy buen humor.
Al regresar a su casa al anochecer con la cabra, encontró una escudilla de barro con algo de comida que le habían dejado las hermanas, pero no la tocó. Al día siguiente marchóse de nuevo con la cabrita, sin hacer caso de los mendrugos que le habían puesto para el desayuno. Al principio, las hermanas no prestaron atención al hecho, pero, al repetirse, dijeron.
- Algo ocurre con Dos Ojitos. Siempre se deja la comida, cuando antes se zampaba todo lo que le dejábamos. De seguro que ha encontrado algún otro recurso.
Para averiguar lo que sucedía, convinieron en que Un Ojito la acompañaría a apacentar la cabra para espiar sus acciones y ver si alguien le traía comida y bebida.
Al marcharse Dos Ojitos, se le acercó la hermana mayor y le dijo:
- Iré al campo contigo; quiero saber si guardas bien la cabra y la llevas a buenos pastos.
Pero Dos Ojitos comprendió perfectamente el pensamiento de la otra y, conduciendo la cabra a un prado donde crecía alta hierba, dijo:
- Ven, Un Ojito, sentémonos aquí; te cantaré una canción.
Un Ojito estaba cansada de la caminata y del ardor del sol; sentóse, y su hermana se puso a cantarle:

«Un Ojito, ¿velas?
Un Ojito, ¿duermes?».

Repitiendo siempre las mismas palabras, hasta que la otra, cerrando su único ojo, se quedó dormida. Al ver Dos Ojitos que su hermana dormía profundamente y no podría descubrirla, dijo:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita».

Y, sentándose a la mesa, comió y bebió hasta quedar satisfecha. Luego volvió a decir:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Y todo desapareció en un momento. Dos Ojitos despertó entonces a su hermana y le dijo:
- Un Ojito, vienes para guardar la cabra y te duermes. El animalito podría haber dado la vuelta al mundo. Anda, volvamos a casa.
Y se marcharon, y Dos Ojitos dejó nuevamente intacta su cena. Pero Un Ojito no pudo decir a su madre el motivo de que su hermana se negase a comer. Disculpóse alegando que se había quedado dormida en el prado. Al día siguiente dijo la madre a Tres Ojitos:
- Esta vez irás tú; fíjate bien si Dos Ojitos come allí, y si alguien le trae comida y bebida, pues es forzoso que coma y beba secretamente.
Acercóse Tres Ojitos a Dos Ojitos y le dijo:
- Iré contigo a ver si guardas bien la cabra y le das bastante hierba.
Pero Dos Ojitos se dio clara cuenta del propósito de su hermana menor. Condujo la cabra al prado y dijo:
- Sentémonos, Tres Ojitos, que te cantaré una canción.
Sentóse Tres Ojitos, cansada como se sentía del camino y de los ardores del sol, y Dos Ojitos volvió a entonar su cantinela:

«Tres Ojitos, ¿velas?,

sólo que, sin darse cuenta, en vez de decir:
«Tres Ojitos, ¿duermes?», cantó

«Dos Ojitos, ¿duermes?»,

repitiendo cada vez:

«Tres Ojitos, ¿velas?
Dos Ojitos, ¿duermes?».

Ya Tres Ojitos se le cerraron dos ojos, y se le quedaron dormidos; pero el tercero, a causa de la equivocación en el estribillo, permaneció despierto. Cierto que lo cerró la muchacha, mas por ardid, simulando que dormía con él también, y así, abriéndolo disimuladamente, pudo verlo todo. Cuando Dos Ojitos creyó que la otra dormía profundamente, pronunció su fórmula mágica:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita»,

y después de saciar el hambre y la sed, hizo que la mesa se retirase:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita».

Pero resultó que Tres Ojitos lo había presenciado todo. Acercósele Dos Ojitos y le dijo:
- ¿Conque te dormiste, Tres Ojitos? ¡Vaya manera de guardar la cabra! Anda, volvámonos a casa.
Al llegar, Dos Ojitos renunció de nuevo a la cena, y Tres Ojitos dijo a la madre:
- Ya sé por qué esta orgullosa no come. Cuando, allá en el prado, dice a la cabra:

«Bala, cabrita;
cúbrete, mesita»,

enseguida tiene ante sí una mesa con las viandas más sabrosas, mucho mejores de las que comemos nosotras; y cuando ya está harta, dice:

«Bala, cabrita;
retírate, mesita»,

y todo desaparece de nuevo. Lo he visto todo perfectamente. Con su canción hizo que se me durmiesen los dos ojos; más, por fortuna, se me quedó despierto el de la frente.
Llamando entonces la envidiosa madre a Dos Ojitos, la increpó, diciéndole:
- ¿Conque quieres pasarlo mejor que nosotras? ¡Pues voy a quitarte las ganas!
Y cogiendo un cuchillo lo clavó en el corazón de la cabra, matándola.
Dos Ojitos salió de su casa triste y desolada y, sentándose en la linde del campo, púsose a llorar amargas lágrimas. Presentósele por segunda vez el hada, y le dijo:
- ¿Por qué lloras, Dos Ojitos?
- ¡Cómo no he de llorar! - respondió la muchacha -. Mi madre mató la cabra que todos los días, cuando le recitaba el verso que me enseñasteis, me ponía tan bien la mesa, y ahora tengo que padecer nuevamente hambre y privaciones.
Díjole el hada:
- Dos Ojitos, te daré un buen consejo: Pide a tus hermanas que te den la tripa de la cabra muerta, y entiérrala delante la puerta de tu casa. Te traerá suerte.
Desapareció el hada, y Dos Ojitos, regresando a su casa, dijo a las hermanas:
- Dadme un poco de la cabra, hermanas. No pido nada bueno; solamente la tripa.
Echáronse ellas a reír y le respondieron:
- Si no pides otra cosa, puedes quedarte con ella.
Y Dos Ojitos cogió la tripa, y aquella noche fue a enterrarla, con el mayor sigilo, delante de la puerta, según le recomendara el hada.
A la mañana siguiente, al despertarse todas y salir a la calle, quedaron maravilladas al ver un magnífico árbol, que se alzaba ante la casa. Era un árbol prodigioso, con hojas de plata y frutos de oro. En el mundo entero no se habría encontrado nada tan bello y precioso. Nadie sabía cómo había salido allí aquel árbol, de la noche a la mañana. Sólo Dos Ojitos sabía que brotó de la tripa de la cabra, pues se levantaba precisamente en el lugar donde ella la había enterrado. Dijo la madre a Un Ojito:
- Sube, hija mía, a coger algunos de los frutos.
Trepó la muchacha a la copa; pero en cuanto trataba de alcanzar una de las doradas manzanas, la rama se le escapaba de las manos, repitiéndose la cosa todas las veces que intentó hacerse con un fruto. Dijo entonces la madre:
- Tres Ojitos, sube tú, con tus tres ojos verás mejor que tu hermana.
Bajó Un Ojito y encaramóse Tres Ojitos; pero no fue más afortunada; por mucho que mirara a su alrededor, las manzanas de oro continuaron inasequibles. Finalmente, la madre, impacientándose, se subió ella misma al árbol. Pero no le fue mejor que a sus hijas. Cada vez que creía agarrar uno de los frutos, se encontraba con la mano llena de aire.
Dijo entonces Dos Ojitos:
- Probaré yo; quizá tenga mejor suerte.
Y aunque las hermanas la increparon:
- ¡Qué quieres hacer tú con tus dos ojos! - ella trepó a la copa, y las manzanas de oro ya no huyeron, sino que espontáneamente se dejaban caer en su mano. La muchacha pudo cogerlas una a una, y, después de llenarse el delantal, bajó del árbol. La madre se las quitó todas, y Un Ojito y Tres Ojitos, en vez de dar mejor trato a su hermana, envidiosas al ver que sólo ella podía conseguir los frutos, se ensañaron con ella más aún que antes.
He aquí que hallándose un día todas al pie del árbol, vieron acercarse un joven caballero.
- ¡Aprisa, Dos Ojitos! - exclamaron las hermanas -, métete ahí debajo, y así no tendremos que avergonzarnos de ti - y, precipitadamente, le echaron encima un barril vacío que tenían a mano, metiendo también las manzanas que Dos Ojitos acababa de coger. Al llegar el caballero resultó ser un gallardo gentilhombre que, deteniéndose a admirar el magnífico árbol de oro y plata, dijo a las dos hermanas:
- ¿De quién es este hermoso árbol? Por una de sus ramas daría cuanto me pidiesen.
Tres Ojitos y Un Ojito contestaron que el árbol les pertenecía, y que romperían una rama para dársela. Una y otra se esforzaron cuanto pudieron; pero todos sus intentos resultaron vanos, pues ramas y frutos las rehuían continuamente. Dijo entonces el caballero:
- Es muy extraño que, perteneciéndoos el árbol, no podáis cortar una rama de él.
Pero ellas persistieron en afirmar que el árbol era suyo. Mientras porfiaban, Dos Ojitos, desde el interior del barril, hizo rodar por debajo dos o tres manzanas de oro, que fueran a parar a los pies del caballero, pues la muchacha estaba enojada de que las otras no dijesen la verdad. Al ver el forastero las manzanas, preguntó, asombrado, de dónde venían, y Tres Ojitos y Un Ojito le respondieron que tenían una hermana, pero que no la enseñaban porque sólo tenía dos ojos, como las personas vulgares.
El caballero quiso verla y gritó: -¡Sal, Dos Ojitos!
La doncella, cobrando confianza, salió de debajo del barril, y el caballero, admirado de su gran hermosura, le dijo:
- Seguramente tú podrás cortarme una rama del árbol.
- Sí - replicó Dos Ojitos -, sin duda podré, pues el árbol es mío - y, subiéndose a la copa, con gran facilidad quebró una rama, con sus hojas de plata y sus frutos de oro, y la entregó al forastero.
Dijo éste entonces:
- Dos Ojitos, ¿qué quieres a cambio?
- ¡Ay! - respondió la muchacha -, aquí sufro hambre y sed, pesares y privaciones desde la mañana a la noche. Si quisieseis llevarme con vos y liberarme, sería feliz.
Subió el caballero a Dos Ojitos a la grupa de su caballo y la condujo al castillo de su padre, donde le proporcionó hermosos vestidos y comida en abundancia; y como la doncella era, en verdad, encantadora, enamoróse de ella y, a poco, se celebró la boda entre el mayor regocijo.
Al ver que el caballero se llevaba a Dos Ojitos, las dos hermanas sintieron gran envidia por su suerte, pero se consolaron pensando: «De todos modos, nos queda el árbol maravilloso, y aunque no podamos coger sus frutos, todos los que pasen por aquí se pararán a contemplarlo y llamarán a nuestra casa para expresarnos su admiración. ¡Quién sabe donde está nuestra fortuna!». Pero, a la mañana siguiente, el árbol había desaparecido y, con él, sus esperanzas. Y cuando Dos Ojitos se asomó a la ventana de su nuevo aposento, con gran alegría vio que el árbol se levantaba delante de ella, pues la había seguido. La muchacha vivió feliz por mucho tiempo. Un día se presentaron en el castillo dos pobres mujeres que pedían limosna, y Dos Ojitos, al verlas, reconoció a sus hermanas, las cuales habían llegado a tal extremo de miseria, que debían ir mendigando su pan de puerta en puerta. Dos Ojitos las acogió cariñosamente, las trató con gran bondad y las colmó de favores, por lo que las otras se arrepintieron de todo corazón de su mal proceder con su hermana.

Hermanos Grimm
Moraleja 1: Tener un tercer ojo es muy útil.
Moraleja 2: Debería evaluarse mejor la clonación, clonar sólo las ovejas que te den un valor agregado.
Moraleja 3: Las manzanas de oro no son comestibles; en caso de contacto con los ojos enjuague con abundante agua fresca y consulte con un médico.
Moraleja 4: De 4 hijos con variaciones en los número de ojos, el 50% saldrá normal: Dos ojitos y Cuatro ojitos, que vendrá con gafas incorporadas.
Moraleja 5: Los árboles de manzanas de oro desaparecen si no los riegas con limaduras de oro, cualquier reemplazo en su nutrición te llevará inevitablemente a convertirte en un pordiosero e ir a pedir limosna a la casa de una persona con parentesco consanguineo.

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