Empiezo a sospechar que no eres la persona que dices ser, detrás de esos ojos de color café, de las pestañas cortitas que te dejan ver perfectamente; detrás de esa sonrisa plana y concentrada en el medio justo de tu nariz y tu quijada; detrás de ese rostro, no eres más que una sombra de enojo, de violencia desenfrenada, de iracionalidad, de frustración, de histeria, de malandra existencia. Eres todo eso y no eres nada. Te conocí pequeña, si. Cuando paseabas pegadas a tus hombros a tus cincuenta muñecas, cuando te mimaban sin exigirte nada más que la felicidad; cuando tradujiste que lo que esperaban era perfección, en no cometer errores. Te conocía entonces, inquieta, sonriendo con ansiedad y viviendo en ese mundo alterno que creaste. Ese que se ha borrado ya de tu memoria, del que quemaste los diarios, por temor a hacer infeliz a alguien. Luego te vi adolescente, cuando compartíamos las mismas cosas, te abrigabas en tu melancolía y ansiabas tu liberación de esa jaula existencialista que creaste. Qué triste eras en ese tiempo y qué inesperado fue el primer amor. Dibujabas una esperanza... pero creciste, y el abrazo que dabas a quien te amaba, lo destruyó y caminaste sin mirar atrás. Luego éxitos, muchos éxitos. Luego otro amor, otro gran amor refrendado en tus pensamientos y que terminó aniquilándote, sin querer, siempre sin querer. Luego queridos, amigos, muchos queridos, hombres manipuladores y manipulados en una torre de naipes que te llevó a la cima de esa cosa frívola que queremos llamar vida. Estás en la cima y te balanceas, porque sabes que tienes que subir aún más. Ahí estás ahora y te quiero. Te quiero porque comparto tu locura, esas ansias de vértigo, de ser buenita y muy mala.... sólo para sentir pasiones fuertes, por ser imperecedera en el pensamiento de los demás... y si, estás loca, porque pasan por tus sueños conquistar el mundo y hacer que un australiano alimente a la cacatua.
Lö