Nosotros los buenos hacemos lo que se debe cuando se debe sin que exista razón de por medio. Ahí tienes a la mujer cargando la bolsa del mercado, surcando sus manos con el polietileno reciclado y barato, para llevar las menudencias de pollo para el caldo ligero de sus seis hijos y su marido. El marido está trabajando en una fábrica clandestina de balas, golpeando con un martillo a ver si funcionan al mejor estilo de una fábrica acme en los dibujos de la infancia. Ninguna explota. Termina la jornada y se gasta el dinero en un bar, donde después de un par de vasos de alcohol metílico hecho pasar por etílico, olvida momentáneamente que está casado con esa mujer, que vive en esa casa, que no tiene derecho a ningún sueño mediocre, sólo a los pequeños. Apoya la cara grasienta en el mostrador "no apoyarse" y cierra los ojos. La mujer lo espera, los chicos ya están en la cama, tres en cada una. La vela tintinea en la oscuridad y se apaga como azotada por un miniviento de una minitormenta. La mujer la enciende por inercia y se asusta con su sombra en la oscuridad. Su marido no llegó a casa esa noche ni la noche siguiente. Su cuerpo inerte está apoyado en una pared en una calle solitaria que recorrió de ida y vuelta varias noches a la misma hora. Las rodillas completamente dobladas y la quijada sobre el pecho, los brazos a los costados como si estuviera a punto de empezar a meditar. Mente vacía, cuerpo vacío. Un charco de vómito lo rodea y su aliento en la última tibieza satura el universo de inmundicia, de no tener razón de ser, de haberse muerto y bien. Aprieta los dientes y su sombra se desvanece cuando apaga el último farol de la cuadra. La mujer duerme.
Lö
2 comentarios:
me has dejado...absorta...
es una de las mejores cosas que te he leído
Kathy
(sorry no sé por qué no me deja entrar con mi dizque nuevo usuario) :S
gracias!!
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