Fui a almorzar hace un momento y pedí una milanesa de pollo... simple... me trajeron un plato desbordando de un filete de pollo que había sido extendido hasta tener una altura de medio centímetro, la masa que lo cubría era grumosa de un amarillo tóxico inidentificable, con un brillo aceitoso, aceite indudablemente reutilizado para maximizar su valor, la cubierta dejaba espacios desnudos de un pollo pálido apenas cocido.
Retiré la mirada para no desmotivarme tan pronto y vi las papas, igual de brillosas y coloridas... y a su lado un monte de lechuga con trozos de tomate que apenas veían la luz, palta y rayadura de huevo cocido... ah! y aderezo, un aderezo amarillo verduzco como el amiguito fantasma de los Ghostbusters...
No quería discutir con los mozos, menos llamar al chef, que no dudo es un gordito bonachón que se limpia las manos en el mandil entre un plato y otro, y mantiene una foto de sus hijos debajo de alguna cacerola. No... reprimí el primer impulso y al no ver un símbolo de radioactividad cerca me arriesgué a probar la milanesa.
Entiendo que la comida pueda ser desabrida... es algo con solución, pero eso ugh! no sólo no me supo a nada, sino que me supo a todo lo contrario a lo que debería. Después del primer bocado sentí que me tomaría meses calibrar mis papilas gustativas, pedí sal, ají, algo! pero el resultado era cada vez más frustrante. Le quité la cubierta, saqué hilachas de la carne como en alguna escena de la película Viven, y lo condimenté a un nivel comestible... el resultado: cada vez que llevaba un pedazo a mi boca me estremecía, me puse a filosofar sobre lo autodestructivo de la situación y el suicidio asolapado que estaba cometiendo... lo dejé de lado...
Me animé con la ensalada... mis ojos no me engañaban, no sólo tenía el verde radiactivo, venía con un sabor ácido que sentí recorrer mi cuerpo en toda su extensión, una poción del mal... que corroía mi ya maltratado estómago.
Las papas no estuvieron mejor, con menos sal que la milanesa... me deprimieron porque era lo único en mi plato a lo que le tuve fe desde el inicio...
Desistí... comí un par de tomates, tres papas fritas y una trocito más del pollo y dejé caer los cubiertos después de haber perdido la batalla más simplona de mi vida. Milanesa wins!
Mientras me levantaba el olor nauseabundo del plato se me quedó impregnado en la memoria y aunque en general toda la experiencia fue mala... lo positivo que saco es que me conseguí un infalible supresor del hambre... eso claro, si algún día se me ocurriera hacer dieta... qué locura!
Ahora a pensar en cosas más bonitas y sabrosas :)
Lö
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