Camina intenso, pisando intencionalmente las líneas de la acera, paralelas y constantes, sometidas a sus pasos de hombre hecho, pero torcido y deshecho. Yo lo miro desde la ventana, lo imagino hace unos años, lo imagino joven, delgado y risueño. Su rostro ya no expresa nada, y sobre la frente arrugas marcadas sirven de evidencia. Ese hombre está perdido, caminó por horas desde su casa sin un centavo en los bolsillos, mojó sus labios con las últimas gotas, de la última botella, con la última cerveza; y ahora reseco, labios, corazón y vida, camina sin descanso aplacando con el tiempo su existencia vacía. Yo lo miro, camino con él y lo dibujo en mis pupilas, porque no hay nada más valioso para un corazón roto, que encontrar alguien más miserable, con un pie más cercano al vacío, con un pie que debo saltar antes de caer al abismo.
Lö
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